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Radiografía del extractivismo: Ayuso, Adidas y otros desastres de “buena fe”

Por Cordelia Rizzo



La visita de Isabel Díaz Ayuso a México desnudó una faceta más de cómo las derechas mexicanas se entrenan ideológicamente: la alcaldesa de Madrid hizo un alarde de revisionismo histórico orientado a reforzar privilegios de clase, que allí comprendo como la adjudicación del derecho a tener conductas abusivas. En las fechas de la visita de Ayuso se comenzó a discutir la controversia sobre el abuso laboral a bordadoras de Naupan, Puebla, por parte de la marca alemana Adidas. Esos dos casos me hicieron recordar una vez en que la hija de un célebre sociólogo de Monterrey, en plena clase de pensamiento hispanoamericano, dijo al grupo que su papá había afirmado que, en Latinoamérica, sólo México debate el “tema indígena”. No me extrañó: su padre antes había argumentado que las infancias en situación de calle eran como pequeños empresarios. Fue su forma de ganarse el favor de la clase empresarial, minimizando la responsabilidad de atender a las infancias. La visita de Ayuso a México y el menosprecio al trabajo de las bordadoras -que es un asunto sistémico en la industria de la moda- me recordaron esa escena, y me pareció importante pensar más sobre el modo de aparición de estas conductas.


En diciembre pasado me integré a un proyecto con presunción de ser de arte participativo en Sao Paulo, al que llamaré Novo Caína1. Aunque éste pretendía explorar las bondades de las culturas del sur de América Latina, terminó minorizando las expresiones y valores culturales que decía defender. Lxs participantes caminaron sobre cascarones alrededor de la líder del proyecto hasta que decidieron poner un límite. Mi reflexión sobre lo que nos pasó es una advertencia sobre las asimetrías y posibles abusos que suceden cuando recibimos fondos y/o formación del Norte global, como ha sido mi caso y el de la líder de Novo Caína. Este testimonio describe cómo decidí dejar de ser cómplice de un proyecto extractivo.


Novo Caína lanzaba la pregunta del artista uruguayo Joaquín Torres García, “¿qué tal si el sur fuera el norte?”, mostrada en su famoso dibujo en tinta América invertida, un mapa de América del Sur que subvierte la tradición cartográfica. Reflexiones modernistas como ésa son estimulantes para las artes y la literatura, y fueron el punto de partida para Novo Caína. Para los amantes de los modernismos, es una falla no ver los peligros de enmarcar el “llamado” a “ser universal” de lxs autorxs -hijxs de su época- como una exaltación de lo europeo. Sentirse parte de la genealogía europea fue parte del posicionamiento identitario de la región a mediados de siglo XX. Sin embargo, la líder del proyecto no demostró tener mayor lectura crítica de los modernismos latinoamericanos: continuamente mencionaba su herencia y entrenamiento europeo. Su arrojo, su valor de perseguir un proyecto grande, se manifiestó como el sentimiento de tener derecho a ser extractiva, de manera similar a las historias de Ayuso y la marca Adidas con las que he comenzado mi texto.


He visto que a veces las intenciones extractivistas pueden frustrarse un poco a favor de lxs subalternxs si el clima de trabajo es placentero y permite ejercicios de autonomía. Por ello la falla de origen de este proyecto, más que el posicionamiento extractivista, estuvo en la presión que se autoimpuso la líder. Sin embargo, el folclor extractivista se mostró a cada paso del camino. La persona que nos lideraba se dejó habitar por los espíritus de varias generaciones de colonizadores, en el disfrute de sus propios delirios. Lxs residentes de Novo Caína denunciaron ese disfrute, y yo no tardé mucho en reconocer algunos arquetipos.


Por ejemplo, las viejas cartas de Hernán Cortés y Cristóbal Colón muestran cómo ambos querían convencer a la Corona de que sus viajes habían traído grandes frutos. En esas cartas se acentuaba que cualquier obstáculo que trajera el retraso de noticias o el incumplimiento de alguna promesa tenía como responsables a lxs americanxs nativxs. En nuestro proyecto como los fondos proyectados para Novo Caína no se reunieron, la líder decidió invertir una fuerte cantidad de su dinero. Ello también requirió labor intensiva de la asistente curatorial, de quien se obtuvieron diversos servicios de transporte, acceso a redes locales y herramienta. Otras personas aportaron sus máquinas de coser, sus cámaras y otros recursos. La inversión inicial de la líder vició el proyecto de inicio, pues generaba una deuda misteriosa e impagable con ella. Provocó que cada acción que se desviara del objetivo fuese interpretada como un problema de origen nativo: de la burocracia local o de la dispersión e inmadurez de algún miembro del equipo que no apreciaba lo que su “patrona” hacía por ellx. Esos aspectos de aquel liderazgo llevaron a un nivel de exigencia que es más parecido a una compulsión interna que a un estándar auténtico de excelencia en las artes visuales y artes vivas.


Quedé sacudida cuando identifiqué el eco de esas formas históricas de sometimiento. Comencé a participar del proceso por el que un grupo formado por 30 artistas, a quienes acababa de conocer, transmutaban su pesar colectivo para convertirlo en reclamo. Llevamos ese proceso de la mano de Mara, una artista y educadora popular que nos enseñó danzas circulares y canciones de trabajo de Brasil. También nos hicieron ver aquellas formas Lais y Clara, dos artistas que nos plantearon que el guion de esa performance “participativa” era problemático por su uso de estereotipos al retratar los procesos de colonización y querer enmarcar el genocidio de pueblos originarios como un “encuentro de dos mundos”. Dicho sea de paso, la líder del proyecto plagió el fragmento de un poema de Lais. Además Cristina, investigadora escénica, articuló muy bien lo que nos estaba pasando cuando señaló que la experticia de las personas que participaron en el proyecto no estaba siendo escuchada. En aquel grupo había iluminadorxs, performers, directorxs, investigadorxs de la escena de São Paulo. Y sin embargo, la propuesta sin intervención parecía un bailable escolar financiado por xadres de familia adineradxs. Como las canciones de las mujeres que lavan ropa en el río, que nos enseñó Mara, el llamado popular a soltar el llanto, nos movilizó a afrontar los miedos y a ser nuestras voces.


Primero, todxs lxs artistas se organizaron para hablar con la líder en el Museo de Migración y le comunicaron sus reclamos y peticiones. En teoría, ella los estaba escuchando, pero en realidad sólo posaba, con la mirada perdida. Las participantes de más trayectoria dijeron que si no se cambiaba el guion de la performance dejaban el proyecto. La líder no quería eso. Quisimos pensar que cuando, al final de la reunión, aceptó cambiar las cosas, se había resuelto el asunto. Resultó que no, que la líder se preparaba para sustituir a todas las personas, inclusive antes de haber leído la contrapropuesta que enviaríamos al siguiente día. Esa contrapropuesta rescataría el aspecto participativo del proyecto y era un gesto de agradecimiento y buena fe hacia ella, que rechazó. Después de ese fin de semana, lxs artistas renunciaron en masa a participar en la “performance” y marcaron límites aún más duros.


Anatomía del desastre


De la líder del proyecto, mi exsocia, diré que cuando nos conocimos no tuvimos química, pero que fuimos tejiendo una excelente relación de trabajo. Nos llegamos a tener mucha confianza, y llegamos a pensar como un cerebro en común. Ese tipo de entretejimientos son raros, y fue afortunado. Vi equilibrada la carga de trabajo durante casi todo el tiempo, durante los 5 años que estuvimos planeando y ejecutando colaboraciones textiles participativas. Como la contraparte con más experiencia, yo tenía una idea sobre las posibilidades y tensiones de una colaboración, y considero que nuestros trabajos en conjunto tuvieron buenos resultados. Eso no quiere decir que todo fuera bueno...


Mientras trabajé con ella, anoté los puntos en los que no coincidíamos. Cuando ella hablaba de las feministas rabiosas, yo le remarcaba que soy participante y organizadora de marchas y protestas. Fueron esas feministas las que nos dieron entrada al espacio que hospedó nuestro primer proyecto, LabNL. Fue mi experticia de calle la que facilito la producción de performance y arte en espacios públicos con artistas que no habían tenido esa experiencia. Fui muy clara en que estoy a favor de los apoyos sociales, y que recibirlos no hace a una persona automáticamente perezosa, molesta o parasitaria. Cuestionaba su islamofobia, y ahora me aterra pensar que está planeando un proyecto con un grupo de artistas árabes y musulmanes en Londres. Sin embargo, mi error fue pensar que tal vez le faltaba “mundo” y descreer en sus manifestaciones de arrogancia. Ella no modificó su forma de pensar y repetía frente a otras personas estos lugares comunes racistas. En Monterrey, donde hicimos varios proyectos, pasaban medio desapercibidos. Pero São Paulo -universo aparte- identificó estas ofensas rápidamente.


Ahora veo que ella, al insistir sobre estas cuestiones que la alinean con las elites fascistas a las que pertenece Ayuso, accionó una manera de situarse por encima de los trámites sociales. Eso lo delegaba en São Paulo a su asistente curatorial, como Adidas lo hizo con una compañía intermediaria. En nuestros proyectos, en el día a día de trabajo clausuraba con un, “¡que bueno que tú tienes paciencia con la gente!”, “Cordelia es más diplomática.” “yo soy más cuadrada”: fueron dichos que simultáneamente me elogiaban, me clasificaban y la desmarcaban a ella de los trabajos que, desde su lógica, yo debía hacer. El psicoanalista Christopher Bollas (1987) le llama a este tipo de maniobra psíquica introyección extractivista, que es una forma de anular a la otra persona a través de una declaración que la reduce a un enunciado o proposición. Esas estrategias fueron formas de crear una división del trabajo en la que yo debía lidiar con la parte caótica. A su asistente curatorial le decía “eres una santa”, lo cual era una forma de marcar los mismos límites.


Soy alguien que teoriza desde eventos cotidianos, así que debí haber procesado esos dichos como señales de que crecería la brecha de trabajo, como ocurrió a enormes niveles en São Paulo. Cuando ello ocurrió, hice memoria de cómo su rigidez había alienado a personas que colaboraron con nosotras. Y sin embargo, esos primeros proyectos habían salido adelante con buenos resultados y nos dieron alegría a casi todxs.


A la distancia, lo que logro concluir es que mis habilidades de mediación le sirvieron a ella para consolidar proyectos y con ello alcanzar cierto reconocimiento en el mundito del arte londinense. Bien me lo había dicho: “Los premios Turner [una especie de Nobel en el arte] se han estado dando a proyectos con componente social.” A partir de los proyectos que hicimos, ella pudo incorporar cinco intervenciones de mediana escala a su portafolio artístico. Novo Caína, en parte por su planeamiento conceptual, pero en definitiva por su talante participativo, fue aceptado en el recinto de São Paulo. Pero la realidad fue más parecida al retrato que, en su ensayo de 1957, hace Albert Memmi del colonizador, quien ve proyectados sus miedos en las personas a las que oprime.


Atestiguar ese desastre me mostró las formas en que una líder puede no aprender a gestionar un proyecto comunitario. Ella pensó que anotar unos cuantos principios, y confundir autonomía con desatención, le servirían para salir avante. En Novo Caína se notaba perdida, a pesar de que insistía en usar como brújula su guion y sus cronogramas. Estaba perdida en su rigidez. Aun en el registro en video del proyecto se la ve desinflada. En vez de abrazar las complejidades de aquel espacio, decidió achatarlo con sus hábitos de patrón de fundo. Brasil tiene grandes historias de rebeldía colonial contra la crueldad colonialista, y ella pasó varios meses/años en un desconocimiento intencionado.


Los peligros de olvidar


Obviar la atención a las historias de origen de lxs integrantes de un grupo de trabajo, por considerar que no aportan a la excelencia académica – a los llamados “resultados”- es una tendencia frecuente en la educación básica en los espacios conservadores, como por ejemplo es el estado de Florida en Estados Unidos. Desde pedagogías que pretenden ser neutras y “universales”, allí le han declarado la guerra al estudio del Critical Race Theory. Cualquiera que, en la educación básica, quiera estudiar las desigualdades de género y raza vive con el peligro de ser amonestadx o despedidx de su institución. En México se rechaza la “ideología de género”, como ocurre también en otras partes de habla hispana que responden a los think tanks conservadores. Sin embargo, la líder de Novo Caína no pensaba que le faltaran sensibilidad o lecturas. Suponía que si ponía el mapa al revés de Joaquín Torres García estaría amparada de todo reclamo.


El mundo académico del Norte global está lleno de niñxs privilegiadxs y resentidos con sus entornos de origen. Se venden como rebeldes. Pero dolerse de la exclusión y de la incomprensión de sus pares de clase no es un factor suficiente para tener una conciencia crítica o solidaridad con espacios de opresión. Muchxs juniors egresados de universidades de prestigio siguen buscando una forma de aceptación de estos pares, con los que reconectan cada vez que vuelven a su país de origen. El mundo académico y del arte están llenos de este tipo de rebeldes que saben vender muy bien su descontento. Lo hacen sin hacer verdadera crítica de su posición en la sociedad, de la que reniegan tanto.

   

No había que entender mucho para saber que Novo Caína venía con fallas. Hubo aciertos de la líder, obviamente, sobre todo al detonar intercambios de distintas técnicas textiles. Supo acercarse y reclutar personas talentosas. Tuvo la pericia de utilizar materiales descartados para la creación artística. Sin embargo, estructuralmente le fue muy fácil arruinar buenas ideas o momentos, interrumpir el goce al recordar constantemente alguna tarea o al atravesar ese momento de goce con despliegues de frialdad.


A pesar de la barrera del lenguaje, los y las artistas paulistas y quienes veníamos de fuera de Brasil nos entendimos, con profundidad afectiva. Costura afectiva, le llamó Lais, otro término que se plagió la líder de Novo Caína. Cuando rechazamos hacer aquella performance escolar, hicimos un flash mob que vieron lxs representantes consulares de México, Argentina, Paraguay y Chile el día de la inauguración de la muestra visual. Mara comenzó a llamarnos: “Companheros me ajudem!”, y nosotrxs respondimos: “Eu sozinha canto bem, con voce canto melhor”, lo traducido como “solx canto bien, pero con ustedes canto mejor”. Nos acercamos para formar una rueda y luego cantar: “Pisa ligeiro, pisa ligeiro”, una canción de protesta, afirmando que quien no puede con la hormiga/individux, no molesta al hormiguero/colectivo. Después el compañero más atacado recitó Derecho de nacimiento de Natalia Lafourcade. Se unieron al canto personas que no habían ensayado con nosotros. Fuimos a ver su bailable escolar y nos abstuvimos de aplaudir. Nos fuimos rápido, en señal de protesta.


Lxs disidentes le dimos tiempo a la tarea de coincidir, a pesar de la presión que sentíamos. Lo fui reiterando al pasar el tiempo y conocer mejor el idioma, a mis compañerxs y su trabajo. Quiero pensar que nuestra protesta frente a ese proyecto, que había sido diseñado para hacer de nosotrxs mano de obra gratuita, nos reveló hilos, raíces profundas, dolorosas, bellas y complejas que nos hacen Sur, americanxs, amigxs.


Conectamos por un río afectivo a partir de una convergencia de posmemorias. La posmemoria es un concepto acuñado por Marianne Hirsch. Identifica la latencia del trauma histórico heredado que se expresa a partir de un objeto o un evento que las trae a la conciencia, nos como sucedió con Novo Caína. Pienso que estamos marcadxs por experiencias de colonialidad que, al compartirlas, nos enlazaron como enredaderas.


La líder hizo uso de una hipervisibilidad/hipervigilancia en el espacio de trabajo, y de intermediarios como comunicadores de las instrucciones más absurdas. Performó el auto-posicionamiento del capataz que se presenta víctima de lxs peones inmadurxs, formas típicas de controlar. Cuando entraba al espacio generaba un displacer enorme. Lxs participantes pensaron que mi llegada cambiaría las cosas para bien; confiaron en mi poder de mediar. Pero cuando entré cautelosamente a esa escena, que ya me habían descrito como convulsa, ella interpretó que mi lealtad estaba en entredicho y también me canceló a mí. Cuando le llegó un momento crítico, en el que casi la denuncian penalmente, me marcó al celular. Yo ya me había salido del departamento que compartimos. Traté de alertarla -otra vez- de lo que estaba produciendo, pero mis palabras llegaron a oídos sordos.


Mecanismos de defensa


La doloridad (Vilma Piedade 2021) no fue lo único que nos tejió, pero quizás ella nos dispuso a apreciar más el talento y la voluntad colaborativa de cada persona. Eso también demostró que la verdadera directriz curatorial buscaba grotescamente posicionar a la líder por encima de la de todas las personas, a la manera de la fábula del Ubu Rey de Alfred Jarry. Ubu Rey es una obra de teatro del absurdo de finales de siglo XIX en la que el protagonista, Ubu, sube los impuestos de forma ridícula después de usurpar el reino de Polonia. Su gobierno va evidenciando los alcances de la vileza humana, hasta que es derrocado. En Novo Caína, la pieza que más gustó de la exposición fue una instalación delicada de lana merino y luz de la artista argentina Marisa. El resto de lxs artistas la cuidaron, pero la líder la mandó maltratar, tanto en el montaje como en el desmontaje. Fue el colmo. Si nuestra Reina Ubu quería mantenernos débiles, su falla trágica fue encarnar los comportamientos más reconocibles de los colonizadores y, al repetirlos, volverlos más caricaturescos. No tuvimos que conversar mucho para articulamos y decidir responder.


A la alcaldesa de Madrid le pasó algo parecido durante su visita. Tendría que haber estudiado el espacio y darse cuenta de que, al desnudarse frente al escrutinio público, generaría una oposición sumaria. En esta era de la información y de contratos millonarios a asesores de comunicación e imagen, me parece inconcebible que se cometan esos errores. ¿Qué niveles de arrogancia generan estos puntos ciegos tan simples? Retratar bien en la cámara no sustituye la pericia política que se necesita para detentar el poder. Por eso los summits de grupos políticos con los que simpatizan ellas, en México y otras partes, se hacen a puertas cerradas.


La experiencia de Novo Caína ocurre en un ámbito que se supone que reconoce la gramática de los abusos. Pero todas las personas cursamos las asignaturas de historia de forma distinta. Nos identificamos con algunos personajes y nos tocaron algunos relatos simplistas de las opresiones. Cuando regresa la forma de una opresión antigua y reconocible, idealmente se nos activan mecanismos de análisis. Nos alejamos y ponemos un límite y una barrera. Con el proyecto en São Paulo, nos tardamos en hacerlo en conjunto, pero a la mayoría se le había prendido el foco desde el comienzo.


Con la visita de Isabel Díaz Ayuso, se desnudó a las personas que le programaron una gira pública larga y mal calculada. Sus sesgos posiblemente causaron daños serios a la carrera de su heroína, jefa, amiga. En el caso de mi exsocia, me lleva a reinterpretar nuestra relación de trabajo desde el inicio. Yo también me identifiqué con ella y pensé que maduraría hacia una dirección distinta...


La visita de Ayuso, el abuso de Adidas, y mi radiografía de este proyecto extractivista nos obligan a refinar nuestras brújulas. Abusar psicológicamente en nombre del amor, como Ayuso, en nombre de la reivindicación del Sur Global, como Novo Caína, o en nombre del reconocimiento internacional, como Adidas, es gaslighting autorizado. Estos sucesos nos conectan con la necesidad de defender un núcleo de dignidad humana que pide hacer espacio y suficiente tiempo para reconocer historias de las opresiones de un grupo y demostrar que nos negarnos a repetirlas.





1 Todos los nombres de personas y cuestiones alusivas al proyecto de São Paulo han sido cambiados u omitidos para proteger a las personas participantes, incluida yo.

 
 
 

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