Decir "muerte" sin herir la escucha
- Rafael Mondragon
- hace 2 días
- 4 Min. de lectura
Por Diana del Ángel

Oscilo entre contar y no contar; entre cómo y qué contar. Es una pregunta de muchos años. Creo con LaBelle que la escucha se extiende si consideramos el sonido como una fuerza táctil, vibratoria y energética, así como un dispositivo organizacional que configura lo social. En este sentido la escucha está viva. Se transforma. Como todo lo que vive, es susceptible de ser lastimada, sobre todo si pensamos que, de todos los sentidos, el oído queda abierto a las apariciones sónicas del mundo.
En mi práctica de escritura el tema de la violencia es recurrente. Actualmente trabajo en un poemario que busca poner en la conversación el tema de las niñas, casi siempre bebés, que han sido asesinadas, maltratadas físicamente, en ocasiones agredidas sexualmente y, además, que no han sido identificadas ni reclamadas por familiares. Una sucesión de capas de violencia. Por ahora, con respecto a los feminicidios de mujeres adultas en México –las cifras oficiales hablan de 10 u 11 feminicidios al día– estos casos son pocos, pero están en aumento desde 2010. Hablar de este asunto es importante para mí porque resuena con una historia familiar: se dice que una de mis abuelas ahogó a su hijo recién nacido en el río del pueblo porque era fruto de una infidelidad.
Sin embargo, como decía al comienzo, a menudo me encuentro con muchas preguntas al respecto. Duda y escucha también van de la mano. Entiendo, por ejemplo, que escuchar sobre niñas que son asesinadas no es agradable, sino doloroso en sí mismo –independientemente de que sea explícita en los detalles–. Por ello pienso mucho en cómo no herir la escucha, porque las palabras pasan por el cuerpo, entran al oído –o al ojo– y de ahí al torrente, de modo que podría herirse más allá de la escucha. Encuentro muy fructífero el planteamiento de LaBelle sobre que la escucha social es como la escucha del cuerpo, en el sentido de que cuando, por alguna enfermedad, el oído se deteriora, nuestro equilibrio corporal se trastoca.
Así, vuelvo a encontrar un sentido para querer hablar de eso que no se escucha comúnmente y, claro, hacerlo no desde la estetización del trauma, sino creando un espacio de escucha profunda donde pueda caber la empatía y la indignación. En otros casos, he recurrido al testimonio: crear un espacio para que esa otra voz resuene; pero en este caso no es posible. Pienso en ese problema sin respuesta: “si un árbol cae, pero nadie lo oye, ¿realmente existe?” y lo reformulo: “si una niña muere, pero nadie la oye, ¿realmente existimos?”.
Después de leer a Pauline Oliveros estoy convencida de que es posible aprender a escuchar de nuevo, pues la escucha es un aprendizaje: asociamos sonidos con experiencias. Hay ejercicios que requieren ir más atrás de las palabras, centrarse en los balbuceos, en las articulaciones sonoras primitivas que todas emitimos, aunque no lo recordemos ahora. Ese es mi punto de encuentro, desde ahí busco articular el cuidado y la escucha. Los sonidos son como hierba sónica: están ahí a la intemperie, siendo materia para la vista, el paisaje y la sucesión ecológica. Volver a ellos, me parece la ruta para encontrar ese vértice para recuperar el equilibrio como comunidad en duelo.
Oliveros apunta: “Aprendemos a asociar y categorizar sonidos como mamá, papá, miau, [el de una] corriente de agua, silbidos, pops, clicks y miríadas de otros sonidos a través de la experiencia.” Si la conexión sonido-experiencia es tan potente, también sería posible invertir el camino: ir de la experiencia al sonido. De ahí viene la potencia de las cartas y partituras de escucha: generar una experiencia para llegar al sonido. Lo que me interesa es esta posibilidad dialógica: tender puentes de lo sónico a lo experiencial: gestar un encuentro. Desde luego, todo esto está atravesado por el tema del cuidado planteado por bell hooks y por la ética de la escucha que, desde mi perspectiva, tienen consecuencias estéticas. Hay un entramado, el que oscilo entre contar o no contar, entre cómo y qué contar.
Hay un motivo más. Ramanujan dice en su introducción a Cuentos populares de la India que “las historias y las palabras no sólo tienen peso, también tienen voluntades e iras y pueden tomar diferentes formas y la venganza exacta en contra de una persona que no las dice y las entrega al mundo”. Como ejemplo cuenta la historia de un Gond que sabía cuatro historias pero era muy perezoso para repetirlas, entonces una vez, mientras dormía, las historias salieron de su estómago y conspiraron para quitarle la vida. Hay otras historias de este tipo en la mitología hindú; para mí son formas de decir que si escucho algo tengo que contarlo, si escucho las muertes de esas niñas tengo que contarlas. Más allá del miedo a la venganza de las historias, que por supuesto experimento, me mueve más el deseo de que otras compartan esa escucha. También la curiosidad de saber qué historias callamos hace tiempo para que ciertos horrores nos alcancen ahora.




Comentarios