top of page
Buscar

Incels: ¿Por qué duele el amor y la sexualidad en nuestro mundo capitalista actual?

Actualizado: hace 3 días

Por Leah Muñoz Contreras


Detalle de la Santa Teresa de Bernini
Detalle de la Santa Teresa de Bernini

Para los corazones rotos que anhelan otras formas de amor


Escuché hablar de los incels por primera vez en el año 2019 o 2020, antes de que Netflix hiciera la serie Adolescencia dedicada a ellos, o de que se volvieran noticia nacional en México con el caso del jóven Lex Ashton que asesinó a uno de sus compañeros en Colegio de Ciencias y Humanidades Sur, o de que fueran asociados con el auge internacional de la ultraderecha y el autoritarismo.


Había escuchado e investigado superficialmente que, en su mayoría, los incels eran hombres cisgénero y heterosexuales cuya incapacidad para tener vidas sexuales y románticas con mujeres les llevaba a desarrollar un odio misógino, machista y antifeminista. Había escuchado que ese odio llegaba a tal grado que unos cuantos de ellos, en Estados Unidos y Canadá, habían llegado a cometer asesinatos de las mujeres que los habían rechazado, así como de hombres que sí podían tener relaciones con mujeres. En ese entonces, los incels de vez en cuando eran mencionados, de manera muy superficial, en espacios activistas feministas y transfeministas. La youtuber trans Contrapoints había dedicado en 2018 un videoensayo a explicar el pensamiento incel. Entendía muy poco sobre ellos y me parecían un mundo extraño y alejado de mi vida, un problema de unos cuantos hombres jóvenes blancos en Estados Unidos.


Dos o tres años más tarde, intentando entender una vez más, regresé al videoensayo de Contrapoints y algo de lo que dijo se quedó resonando en mi mente hasta el presente: las mujeres trans podíamos entender y empatizar con el dolor sexual y romántico de los incels porque la transfobia de la sociedad actual también nos producía vidas sexuales y románticas con mucho dolor, soledad y frustración, que muchas veces también se traducían en baja autoestima y obsesiones con el cuerpo. Ambos son grupos marginados sexuales en esta sociedad. La única y gran diferencia es que nuestros dolores no desembocan en un odio misógino antifeminista, y mucho menos en la comisión de asesinatos y agresiones en contra de quienes no nos aman. Muchas de nosotras somos feministas y, aunque quizá no lo comprendamos muy bien del todo, intuimos que muchos de nuestros dolores son producidos por la sociedad machista en la que vivimos.


El tiempo siguió transcurriendo y mis dolores amorosos y sexuales se fueron haciendo más grandes. Los hombres con los que me relacionaba sexoafectivamente, en su mayoría, provenían del mundo de las apps de ligue, que comencé a habitar desde el 2011, cuando tenía 16 años. Casi siempre me daban un trato despersonalizado y de objeto sexual. Algunos ni siquiera pronunciaban mi nombre y en nuestros encuentros solamente se limitaban a nombrarme de forma genérica “bonita” o “guapa”. Les obsesionaba mi cuerpo “sexy”, mi “belleza”, mi “feminidad” y las cirugías que me había practicado; en general desde que pasé mi cuerpo por el filo de la cirugía plástica había aumentado la atención que los chicos me daban, como si mi cuerpo hubiera adquirido, o acentuado, un nuevo valor: el valor de cierto cispassing y de acercarme a ciertos cánones de belleza. En el mundo de las mujeres trans, aquellas que suelen ser más valoradas por la sociedad transfóbica y patriarcal son las que no solo son sexys y bonitas sino que tienen cispassing, es decir que no se les nota lo trans y parecen mujeres cis.


Aunque detestaba el negocio capitalista de las apps de ligue, y me daba cuenta de que lo que menos les interesa a los empresarios del ligue es que realmente encontremos el amor, que estaban monetizando nuestros deseos, reconocía que entablar relaciones sexoafectivas en la cotidianidad como mujer trans era muy difícil, por lo que renunciar a las apps muchas veces implicaba pasar por periodos largos sin actividad sexual. Muy de vez en cuando conocía uno que otro chico, sobre todo en antros LGBT+, con quien la mayor parte de las veces todo resultaba ser breve y/o meramente sexual. La mayor parte de las veces eran ellos quienes se alejaban de mí, aunque otras más era yo quien rehuía de las propuestas sexuales y amorosas de algunos chicos. Cuando la soledad me visitaba, o cuando me invadía la desesperación de no sentirme amada o valorada sexoafectivamente, recurría a las apps de ligue con la esperanza de “encontrar algo” en donde volvería a sentirme sexualmente validada y valorada, aunque muchas veces esa sensación terminaba siendo pasajera y el trato de objeto sexual volvía a recordarme mi lugar dentro de esta sociedad cisheterosexista.


En general, muchas de mis tristezas y dolores venían de sentir que esta sociedad capitalista transfóbica era injusta porque nos negaba el amor a las mujeres trans: nos relegaba de forma polarizante a vidas públicas carentes de amor y sexo o de clandestinidad hipersexualizante en donde el exceso de sexo sin afecto terminaba por volverlo algo que ya no generaba placer, un sexo deserotizado. Algunas formas de relacionarme sexualmente dejaron de atraerme, mi libido había sido limada y se había retraido por culpa de años de sexo deserotizante. Incluso años atrás, por un periodo muy breve, llegué a sentir que mi vida sería más sencilla si no sintiera deseo sexual. He dedicado muchos años en psicoanálisis y charlas con amigues a intentar comprender lo que pasaba con mi vida sexoafectiva, a cuestionar el mito del amor romántico y entender mis malestares con este, así como a darle un lugar importante a la amistad por sobre la pareja y a desterrar el sentimiento de que si alguien no me ama o desea con honestidad es porque hay un problema conmigo y no soy realmente suficiente para nadie, principalmente a causa de ser una mujer trans.


Por entonces, los incels comenzaron a ganar mayor visibilidad en distintos espacios y yo recién comencé a darle forma, no a mi malestar sexual y amoroso, sino a una comprensión del mismo más allá del síntoma. Recordando eso que en su momento dijo Contrapoints, me pregunté si las causas del dolor sexual y amoroso de los incel y las mujeres trans no estarían interconectadas, aunque las manifestaciones del dolor y la forma de lidiar con el mismo resultaran ser distintas. ¿Y si hubiera más personas en este mundo, además de los incels y las mujeres trans, a las que les duele también el amor y el sexo en nuestra sociedad actual? ¿Nuestros dolores estarían interconectados? ¿Por qué nos duele el sexo y el amor en el mundo actual? ¿De qué manera la sociedad en la que vivimos da forma a nuestra manera de sentir y vivir el amor y la sexualidad? ¿Los incels nos pueden decir algo sobre el amor y la sexualidad en el mundo contemporáneo? ¿Por qué el pensamiento incel se está volviendo cada vez más popular entre los hombres jóvenes? ¿Cuáles son los dolores y los malestares que interpela?


Actualmente el tema de los incels está siendo tratado como un problema psicológico individual: casos excepcionales de algunos jóvenes con problemas mentales y familiares que requieren tratamiento psiquiatrico y psicológico. Incluso en el caso de Ashton se argumentó que posiblemente tenía una falla orgánica a nivel cerebral. Sin embargo, esto está lejos de ser un problema individual que pudiera contenerse con terapia, medicamento psiquiátrico o la vigilancia de los jóvenes. El pensamiento incel es un síntoma y un producto de la manera en que funcionan la sexualidad, el amor, las relaciones y la masculinidad en nuestra sociedad capitalista y patriarcal.


Mientras escribía, se iba acercando el día de los corazones rotos (Día de San Valentín en la jerga comercial) y muchas empresas, marcas y aplicaciones nos bombardearían con la idea de que vivimos en una sociedad repleta de amor y sexo para todes, y que si no lo hemos conseguido es porque no hemos hecho lo suficiente para encontrarlo. Entonces se me ocurrió invitar a discutir el tema de los incels para problematizar los males que está engendrando la sexualidad y el amor en el capitalismo en crisis.



Píldora Negra, el pensamiento incel


El término incel significa célibe involuntario y actualmente es empleado para referirse a hombres cisgénero y heterosexuales que tienen dificultades para entablar relaciones sexuales y románticas con mujeres. Esta situación les lleva a desarrollar dolores, frustraciones, resentimientos y ansiedades sexuales y amorosas de las que culpabilizan y responsabilizan a las mujeres y al feminismo mediante discursos misóginos y machistas.


El discurso, la ideología y las comunidades incels tuvieron su origen en foros de internet a inicios de los años 2000 y es ahí donde han proliferado con el auge de las redes sociales. Forman parte de la llamada manosfera, esa parte del internet y la virtualidad que es habitada por todo tipo de hombres antifeministas, y que se caracteriza por promover la idea de que la llegada del feminismo ha traído un mundo desigual e injusto donde los hombres son oprimidos y discriminados por una sociedad que ahora favorece los derechos y el reconocimiento de las mujeres. Además de los incels, allí también están algunos activistas por los derechos de los hombres y los padres, así como los coaches del ligue y la seducción.


Si bien los incels comparten la idea de que la sociedad contemporánea desfavorece a los hombres, lo que les diferencia y les caracteriza respecto del resto de los hombres antifeministas es la ideología fatalista con la que ven el mundo. Este fatalismo está inscrito en la Teoría de la Píldora Negra, o Black Pill Theory, la cual, según los investigadores queer Casey Ryan Kelly y Chase Aunspach, es una teoría biologicista y pseudocientífica sobre la sexualidad humana que se apoya en algunas ideas de la psicología evolutiva.


De acuerdo con estos investigadores, esta teoría ve la sexualidad humana esencialmente como un mercado donde hay jerarquías sexuales. Los hombres y mujeres se caracterizarían por ser seres competitivos e interesados en su búsqueda por acceder al sexo, y en última instancia a la reproducción. En este mundo sexual competitivo, aquellos que fracasan en el mercado sexual, los incels, lo hacen porque sus determinaciones genéticas no les permiten ser lo suficientemente atractivos para las mujeres. Pero también fracasan porque el feminismo ha vuelto a las mujeres seres interesados en el dinero, superficiales, que solo se centran en el físico, así como autónomos y sexualmente libres. Por todo ello ha disminuído las probabilidades de que muchos hombres encuentren pareja. El feminismo es visto como una alteración artificial de un orden natural que, de otra manera, sería más justo con las necesidades sexuales de los hombres, y esas necesidades sexuales son vistas como impulsos naturales que tendrían que ser saciados a toda costa.


Alrededor de este núcleo ideológico los incels desarrollan obsesiones negativas con el cuerpo, la apariencia y la autoestima. Consideran que su estatura, la forma de sus cráneos, sus quijadas o la masculinidad de sus cuerpos los hace malos competidores y los condena a un destino y una vida de soledad y desesperación carente de sexo y amor. Muchas de las preocupaciones de los jóvenes que se perciben como incels consisten en confirmar que las mujeres son frívolas y que se relacionan con un solo tipo de hombres exclusivamente por la apariencia física y el interés en el dinero, algo de lo cual ellos están excluidos.


En el pensamiento incel, el deseo sexual y romántico insatisfecho aparece como una fuente de dolor, malestar, victimismo y resentimiento que genera odio hacia la propia persona y el cuerpo, el feminismo, las mujeres, y los hombres que sí pueden acceder a tener relaciones sexuales y románticas. Los incels se consideran hombres perdedores, aunque disidentes respecto de una sociedad que beneficia a las mujeres, así como a un solo tipo de hombre que logra triunfar y ganar en el mercado del sexo y el amor.


En su artículo Mainstreaming the Blackpill: Understanding the Incel Community on TikTok, las investigadoras Anda Iulia Solea y Lisa Sugiura han mostrado que, más allá del estereotipo del hombre aislado y violento recluido en foros de internet como 4Chan o Reddit, que adhiere fuertemente a la Teoría de la Píldora Negra, el pensamiento incel se ha ido normalizando entre muchos hombres cisgénero heterosexuales que no necesariamente se autodefinen incels. Esa aceptación colectiva ha ido avanzando a partir de la circulación, en plataformas como Tik Tok, de algunos tropos e ideas específicas de la ideología incel: por ejemplo, que la sexualidad es una competencia que produce ganadores y perdedores, que el atractivo físico es lo más importante para “acceder” a las mujeres, o que las mujeres son interesadas frívolas y calculadoras en sus elecciones sexuales. De esta manera cada vez más hombres jóvenes han ido aceptando los postulados incels como algo racional y parte del sentido común aunque no se consideren parte de dicho movimiento.


En el capitalismo neoliberal, el sexo y el amor duelen


El estado de normalización de la ideología incel y sus tropos entre cada vez más hombres heterosexuales jóvenes muestra la existencia de un malestar con la sexualidad y el amor contemporáneo. Ese malestar toma forma en la idea de que la sexualidad y el amor funcionan como un mercado caracterizado por la competencia y la jerarquización sexual.


El biologicismo de la sexualidad humana que inspira a la Teoría Blackpill ya ha sido criticado anteriormente por feministas que se han dedicaron a señalar los errores de la psicología evolutiva; pienso en el trabajo de mi colega Ana Cristina Cervantes Arrioja, que en un artículo suyo critica el esencialismo sexual que caracteriza a las teorizaciones sobre la mente humana de la psicología evolutiva. Sin embargo, dejando de lado el biologicismo de la ideología incel, así como su misoginia, la culpabilización que proyectan sobre las mujeres y el feminismo, y la mirada fatalista que proyectan sobre el mundo y las relaciones sexoafectivas, es importante preguntarnos sobre cuáles son las posibles causas del malestar subjetivo que tantos hombres jóvenes tienen con la sexualidad y el amor, pues ese malestar los está llevando a acercarse a los postulados de una teoría pseudocientífica que favorece el odio misógino y antifeminista.


De acuerdo con Ryan Kelly y Aunspach, algo que está empujando a los hombres jóvenes al pensamiento incel es el imperativo de compulsividad sexual que se ha instalado en nuestra sociedad contemporánea, y que lleva a que muchos hombres que no pueden tener relaciones sexuales desarrollen dolores subjetivos, resentimiento y odio que toma formas misóginas. Por su parte, el investigador Anthony Burton ha escrito que los jóvenes que se identifican con el pensamiento incel son presas de un neoliberalismo que les ha llevado a ver el sexo y las relaciones como un mercado en el que existen jerarquías sexuales y prima la competencia. Desde mi perspectiva, la compulsividad sexual y la concepción de las relaciones sexuales y amorosas como relaciones mercantiles no son algo que sólo vivan los jóvenes incels ni son experiencias de las que estemos separados. Ambas son formas de vivir el amor construidas por el capitalismo neoliberal y causan dolor y sufrimiento en muchos jóvenes.


En la segunda mitad del siglo XX, y sobre todo con el auge del neoliberalismo, el capitalismo pasó por una serie de transformaciones políticas, económicas y culturales que lo llevaron a transformar la sexualidad y el amor en nuestras sociedades. El pesimismo amoroso y la hipersexualidad surgieron como un nuevo régimen de regulación del cuerpo y las emociones de los sujetos. Friedrich Engels señaló en 1884 en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado que el amor sexual se origina en el capitalismo con el surgimiento de la familia monógama burguesa, y en lo sucesivo se vivirá como una propiedad celosamente resguardada por la monogamia, ya que absorbe los valores de la sociedad capitalista basada en la propiedad privada. Siguiendo a la historiadora y filósofa Silvia Federici, desde el surgimiento del capitalismo industrial en el siglo XIX la burguesía se encargó de satisfacer las necesidades sexuales y afectivas del hombre proletario de clase obrera en su necesidad de desarrollar una fuerza de trabajo calificada, longeva y saludable. La estructura de la familia tradicional, el contrato sexual del matrimonio y el mito del amor romántico y la buena esposa oprimía y explotaba a las mujeres y proveía al proletario varón de sexo, cuidado y afecto. Esto siguió más o menos estable hasta el surgimiento del neoliberalismo, momento en el que la burguesía, cuidando sus intereses de clase, por primera vez rompió su pacto patriarcal con los hombres de la clase trabajadora. Entonces los arrojó a una sexualidad vuelta mercado y esos hombres se encontraron sin los medios económicos para encarnar y acercarse a los ideales burgueses de masculinidad, caracterizada por su capacidad de poseer propiedades, consumir sexo o mercancías sexualizadas y tener mujeres. El resultado: hombres proletarios económicamente arruinados y sexualmente frustrados.


En nuestro mundo capitalista neoliberal, lleno de pesimismo amoroso, los sujetos no han dejado de sentir y de desear el amor romántico como una propiedad que les completa psicológica, social y económicamente, aunque cada vez les cueste más trabajo creer en él. Hoy el amor difícilmente es visto como una fuerza revolucionaria y transgresora con miras a trascender el status quo capitalista, así como la pareja monógama individualista cisheteronormada: rara vez se cree que el amor sea capaz de construir alianzas, esperanza y cambio sociopolítico, que pueda albergar la semilla de un nuevo mundo social y afectivo, tal como lo pensó la revolucionaria socialista bolchevique Aleksandra Kollontai en 1923 en su texto ¡Abran paso al Eros alado! (Una carta a la juventud obrera). En cambio lo que ha entrado en escena como nueva realidad del amor romántico es un amor frío caracterizado por la desconfianza, la sospecha, el egoísmo individualista de la pareja y sus miembros y la desesperanza conformista. Todo ello es muy acorde a la atmósfera subjetiva del mundo neoliberal, en la que reina el descrédito y desconfianza hacia toda forma de utopía. El neoliberalismo, contrario a lo que podría creerse, no desmontó el mito del amor romántico: solo lo dejó funcionando en una versión pesimista donde los sujetos han sido arrojados a una constante disolución, consumo y búsqueda angustiosa de relaciones amorosas. Ese arrojo es análogo al que esos mismos sujetos viven en relación a la constante disolución de la seguridad económica y la búsqueda angustiosa por satisfacer sus necesidades básicas en un mundo donde todo ha sido privatizado y vuelto una mercancía.


Los cambios económicos, políticos y culturales después de 1970 dieron mayor libertad e independencia a las personas, aumentando el individualismo y la vida centrada en la competencia laboral y el éxito profesional, haciendo que la unión y conexión permanente, que anteriormente ocurría dentro del matrimonio bajo el relato del amor eterno, perdiera relevancia y fuerza en la vida de los sujetos. El amor se volvió un estorbo al interés individualista de cada sujeto en medio de las exigencias competitivas de la sociedad capitalista. Por otro lado, el auge feminista dio a las mujeres mayor libertad y autonomía respecto a los ideales de la maternidad, el matrimonio y la cisheteronormatividad, los cuales históricamente -utilizando el discurso del amor romántico- han oprimido y limitado sus vidas a la domesticidad de ser madres y esposas, además de generar una dependencia económica y emocional hacia los hombres que muchas veces ha desembocado en violencia física. A través de ambos caminos, el amor se volvió algo de lo que había que tomar distancia.


Sin embargo, a pesar de estos cambios, al mantenerse atrincherada la sociedad capitalista, y la estructura de la familia nuclear, e instalar una industria económico-cultural que se alimenta de la experiencia des-amorosa, el deseo del amor romántico monógamo y como propiedad no dejó de habitar la psique de las personas, en particular de las mujeres (y sí, también de las mujeres feministas), constriñendo nuestros afectos-deseos y la forma de relacionarnos a un nuevo formato de monogamia serial. En él se continúa poniendo a la pareja en el centro de la vida de las personas y por encima de otras formas de amor, como la amistad, además de seguir reproduciendo los celos posesivos, la infidelidad, la violencia de género, la dependencia económica y el aburrimiento monótono que anteriormente se daba en la domesticidad del matrimonio indisoluble. Hay que recordar además que la precarización de la vida bajo el neoliberalismo aumentó la dependencia económica de las personas, que a veces quedaron encerradas en parejas y familias. En esas condiciones, muchas veces no tener pareja significa quedarse fuera de una relación que sigue proveyendo el cuidado y el afecto que toda persona necesita.


En el caso de la sexualidad en muchos países y metropolis, el sexo en sí mismo adquirió connotaciones positivas y se volvió un valor político, económico, cultural y espiritual. Las sociedades capitalistas occidentales eran política y culturalmente avanzadas porque se volvieron -a decir del sociólogo Éric Fassin- “democracias sexuales” supuestamente repletas de libertad sexual, en contraposición a los autoritarismos sexuales que caracterizaban a las sociedades consideradas atrasadas, principalmente de Asia, África y Medio Oriente. Por su parte, los sujetos interiorizaron la idea de que su valor emanaba no tanto ya de apegarse a una disciplina sexual represiva, sino en qué tanto participaban de una nueva normatividad centrada en la compulsividad sexual: vidas sexuales activas, aceleradas y visibles, una gran cantidad de sexo practicado, así como capacidad para sexualizarse, se volvieron nuevas formas de valorización de los sujetos, objetivos vitales para estos. En el caso de los hombres, esto se volvió aún más importante, ya que, como ha señalado la antropóloga Rita Segato, la masculinidad contemporánea adquiere su estatus a partir de mostrar potencia, no solo política, bélica, económica, intelectual y moral sino también sexual.


Esta nueva valorización social y espiritual del sexo tuvo como su correlato la valorización económica del mismo. El deseo sexual y la búsqueda del amor se convirtió en un mercado y una industria que el capitalismo neoliberal supo integrar para extraer ganancias: el trabajo sexual de cabinas en Sex Shops y plataformas virtuales, la venta de pornografía, revistas sexuales, así como de juguetes, vestimenta erótica y tecnologías sexuales, el Día de San Valentin, el turismo sexual, la monetización de funciones especiales en las apps de ligue, y recientemente el uso de chatbots (IA) que mantienen relaciones amorosas con humanos, componen un nuevo nicho de mercado. Igualmente, la búsqueda de los sujetos del tan famoso “capital sexual”, esas características sexuales ancladas en ideales de belleza masculina y femenina que supuestamente otorgan “ventajas” para acceder al sexo y atraer el amor, se volvió un fuente de ganancias: en torno de ella giran la cultura del gimnasio y las dietas, la medicina cosmética y la cirugía plástica, los libros y revistas de autoayuda sexual y amorosa, así como los terapeutas, coaches e influencers consejeros para tener vidas sexuales y amorosas “exitosas”.


Todo esto no significa que la represión sexual haya sido desplazada de forma absoluta. Más bien surgió un mundo híbrido, donde la hipersexualidad convive de forma esquizofrénica, o más bien dialéctica, con la represión sexual. Mientras muchos espacios de la sociedad se han hipersexualizado, la represión sexual machista y cisheteronormativa se ha mantenido dentro de gran parte de la sociedad, en las familias, las iglesias y muchos espacios de trabajo. Muchas personas circulan diariamente entre la represión sexual de la familia y el trabajo durante toda la semana para llegar buscando un poco de placer a la hipersexualidad del fin de semana.


La hipersexualidad de las redes sociales es un respiro respecto de la represión sexual del hogar familiar, así como la hipersexualidad del mundo digital online es la contracara de aquello que no permite la moral represiva en el mundo offline, y la clandestinidad y practicidad de la infidelidad y del trabajo sexual sigue siendo el desfogue de aquello que no permite la sociedad cisheteronormativa y la pareja monógama. El turismo sexual muchas veces hace posible aquello que no se puede realizar en la ciudad o pueblo donde se vive, y la hipersexualidad de la música acompaña la aburrida cotidianidad de represión sexual de muchas personas que fantasean, mediante un objeto cultural explícitamente sexualizado, en aquello que la sociedad y su moral difícilmente les permite hacer. Igualmente la hipersexualidad en muchos casos es la forma que toma la rebeldía y la poca libertad arrebatada luego de años o décadas de vidas regidas por la moral sexual represiva, en particular en el caso de las mujeres y las diversidades sexogenéricas.


El capitalismo incorporó parcialmente las demandas de las mujeres feministas, de las disidencias sexuales y de las contraculturas que luchaban contra la moral amorosa y sexual rígida en las décadas de 1960 y 1970 para convertir a la disolución matrimonial, la permisión sexual y las vidas sexuales activas en un mecanismo más que favoreciera y mantuviera funcionando la máquina social de explotación y opresión. Los filósofos Foucault y Marcuse se dieron cuenta de esto desde las décadas de 1960 y 1970. El primero señaló que las nuevas formas de control y dominio de los sujetos ya no dependían de la represión explícita de la sexualidad, sino de su incitación e hipervisibilización, mientras que el segundo sostuvo que la permisión sexual en el capitalismo en la segunda mitad del siglo XX tomaba formas represivas y contrarrevolucionarias al encauzarlas al consumo y desviarlas de toda lucha revolucionaria en contra del capitalismo. El sociólogo Zygmunt Bauman, por su parte, sugirió a inicios de nuestro siglo que la hipersexualidad fue la forma que tomó el capitalismo neoliberal tras liberar una energía sexual anteriormente empleada en los procesos de trabajo, y que ahora -luego de las transformaciones del trabajo en los países centrales y posiblemente también por el desempleo masivo producido durante el neoliberalismo- era explotada para conducir a los sujetos hacia el consumo de mercancías codiciadas como objetos sexuales. Habría que añadir a lo dicho por estos filósofos que la hipersexualidad ha sido empleada por la sociedad heterocapitalista para mantener con vida al conservadurismo sexoafectivo: se han concedido nichos acotados de libertades sexuales para cancelar toda radicalidad sexual que busque transformar las bases del conservadurismo sexoafectivo proveniente de la estructura de la familia nuclear.


Aunque diga anclarse en la libertad, la nueva vida sexual y romántica en el capitalismo neoliberal se volvió autoritaria y produjo nuevas formas de opresión, dolor espiritual y alienación de las subjetividades. La jerarquización del deseo sexual se volvió la consecuencia esperada de un mercado sexual donde el dinero hace posible acceder al sexo, lo mismo que al capital sexual.


Estas mismas jerarquías no se quedaron solamente en los mercados: se volvieron el doloroso fantasma de todas las relaciones amorosas y sexuales del presente. Consciente e inconscientemente, el “capital sexual” se volvió muy importante en las relaciones entre los cuerpos. El culto a la imagen sexual se convirtió en puerta de entrada a las interacciones sexoafectivas y las relaciones entre individuos cada vez más fueron moldeadas por las lógicas del consumo acelerado, del riesgo, la inversión, el descarte, la negociación entre las partes involucradas, y la competencia por quién tenía vidas sexuales más activas.


La socióloga Eva Illouz sostiene en su libro Por qué duele el amor que el capitalismo ha convertido al amor romántico en un campo gobernado por el cálculo económico donde los sujetos han vuelto la sensualidad y la sexualidad un bien mediante el cual no solo consiguen amor sino también buscan ascender en las jerarquías económicas y sociales. Aunque los matrimonios hayan perdido relativa fuerza y mucha gente ya no se casen por obligación económica, la necesidad y la lógica económica no ha dejado de regir las relaciones amorosas en el neoliberalismo. Bauman en en su libro Amor líquido dio cuenta de este proceso en que la lógica neoliberal se imbuyó en las relaciones sexuales y amorosas, produciendo un mundo de pesimismo amoroso en el que la norma es la ruptura, la inestabilidad y lo efímero. Todo ello ha llevado a que la gente se sienta cada vez más sola. El sexo ha quedado sobrecargado al ser el único espacio posible de intimidad física y unión de los cuerpos ante la ausencia de un horizonte afectivo de unión subjetiva, intimidad emocional, complicidad y ternura, que era lo que proveía la promesa del amor. Paradójicamente, dice Bauman, la hipersexualidad terminó acrecentando la sensación de soledad de las personas.


Este pesimismo amoroso solo ha profundizado los dolores emocionales en una sociedad marcada por las jerarquías sexoafectivas y el capital sexual, ya que hace mucho más difícil para los sujetos acceder a una propiedad codiciada llamada "amor". Lo opresivo es que, por un lado, se le impondrán a la experiencia amorosa dificultades e imposibilidades subjetivas, económicas y sociales (tal cual es el caso de la discriminación que vivimos las mujeres trans y el resto de las personas LGBT+, con discapacidad y demás cuerpos diversos), mientras que, por el otro, esta no dejará de ser una necesidad emocional, así como una fuente de estatus, jerarquía social y relativa seguridad afectiva y económica en un mundo neoliberal en el que prolifera el individualismo, la soledad y la precarización económica.


La idea misma de las jerarquías sexuales no es una idea original del pensamiento incel. La antropóloga feminista Gayle Rubin sostenía en 1984 que la sociedad cisheteronormativa establecía jerarquías sexuales -mediante la ley, la medicina y la discriminación- en donde hasta arriba estaban las personas cisgénero heterosexuales que practicaban la monogamía, el matrimonio y la procreación; luego seguían las personas heterosexuales solteras, “promiscuas”, parejas gays y lésbicas; y hasta abajo aquellos grupos patologizados por la medicina, como las personas trans, travestis, y quienes tenían prácticas sexuales en ese entonces clasificadas como fetichistas. Incluso el término “incel”, antes de ser adoptado por hombres antifeministas, sostiene Ryan Kelly y Aunspach, surgió a finales de los años 1990 dentro de comunidades de disidencias sexuales en Canadá para hablar sobre sus problemas con una sociedad cisheteronormativa que les excluía y marginaba del ámbito del deseo y del amor. Cuatro décadas, después las jerarquizaciones sexuales de las que habla Rubin no sólo no se han ido, sino que se han profundizado con la neoliberalización del amor y el sexo, al punto que la noción misma de jerarquías sexuales es lo que actualmente interpela a nivel internacional el dolor de los incels antifeministas.


En un escenario así, la lógica individualista, meritocrática y optimizadora del mundo burgués y neoliberal se descargó en los sujetos sexuales y amorosos produciendo sujetos ansiosos y angustiados: el sexo y el amor se volvieron una meta más por alcanzar con base en el mérito, y cada persona se volvió la única responsable de aquello que le pasa en su vida sexual y amorosa, así como de esforzarse por optimizar y gestionar sus cuerpos y sus emociones para ser siempre atractivos, sexys, jóvenes, deseables, amados, mentalmente saludables y siempre con citas por tener. Todo esto con el fin de ascender en las invisibles jerarquías sociales del deseo y el afecto y de conseguir un poco de sexo orgásmico, afecto y estatus.


Se nos dice que si no tenemos vidas sexoafectivas “exitosas” es porque no hemos hecho lo suficiente entre todas las estrategias que nos provee el capitalismo, y lo que no espera es una vida de soledad. Se nos hace sentir que sufrir tampoco no es algo bien visto, ya que en nuestra sociedad de optimización emocional quien sufre por amor es alguien débil, que ha fallado a la religión de la autosuficiencia narcisista del “amor propio”, no ha ido a terapia a resolver sus conflictos o sigue siendo crédulo de un mito ideológicamente bastardeado por todo mundo, pero cuya fuerza sobre nuestras emociones y capacidad de dejar traumas profundos en nuestras psiques emana de tener como su sostén material a la estructura de la familia nuclear. ¡Cuánta razón tenían las feministas que buscaban la abolición de la familia patriarcal! ¡Cuán osadas y atrevidas fueron las mujeres socialistas bolcheviques que, tras la revolución rusa, en la década de 1920, buscaron que el recién nacido Estado obrero socializara los cuidados en perspectiva de disolver las funciones de la familia nuclear! Para nuestra desgracia durante el neoliberalismo muchas feministas, dándole la espalda a la lucha por la abolición de la familia, se volvieron parte de las filas del coaching feminista del amor, aunque en muchos casos actualmente ya estén siendo superadas por el coaching neoconservador masculinista estilo Temach y de las “mujeres de alto valor”.


Como parte de todo esto, las obsesiones y malestares con la apariencia de nuestro cuerpo se han acrecentado, pues son un síntoma de una sociedad que nos ha asignado escalas de valor sexual y deseabilidad. Esto ha sido alimentado por la redes sociales, que han exacerbado el culto a un cuerpo convertido en imagen y que recibe sus retribuciones en forma de adictivos likes, followers y matches. La dismorfia corporal no es una obsesión única de los jóvenes incels: muchas mujeres, personas trans, racializadas, con discapacidad y corporalidades diversas han sentido en sus cuerpos y mentes la presión y angustia por no ser elegidos y quedar fuera del placer y del reconocimiento social que dan las relaciones sexoafectivas en nuestra sociedad.


La precarización de la vida misma que ha traído el neoliberalismo ha llevado al máximo los malestares sexuales y amorosos, especialmente en aquellos cuerpos que ya se encuentran en los niveles más bajos de las jerarquías sexuales y cuya precarización económica les impide adaptarse a los imperativos de la hipersexualidad a partir de conseguir un poco de sexo comprado, de capital sexual, o de tener una vida social en la cual salir a buscar el encuentro amoroso y sexual. Esto, si bien no se restringe a los hombres que se identifican como incels, sí suele ser la realidad de muchos de ellos: hombres jóvenes con vidas económicas y sexuales precarizadas, solitarias, con baja autoestima y fuerte interiorización de los imperativos hipersexuales de la masculinidad capitalista.


Esto además ocurre a la par de la aparente tendencia a la reducción de la actividad sexual entre los jóvenes en algunos países, probablemente por la fatiga sexual misma que genera la hipersexualidad, en particular en las mujeres; pero también posiblemente por la renuncia de muchas mujeres feministas a tener relaciones sexuales y románticas con los hombres por la exacerbación del machismo, el cuestionamiento al mito del amor romántico y la valoración de la amistad como un vínculo que también produce placer; y quizá igualmente por la fatiga corporal que están generando los ritmos de trabajo capitalista y la crisis global de salud actual, lo que deja sin ánimo ni energía a muchos cuerpos deseosos de tener una vida amorosa y sexual. Asimismo, no podemos descartar que la virtualidad ha producido sexualidades de pantalla en donde los cuerpos pueden hacerse hipervisibles sin necesidad de encontrarse y tocarse: en nuestro mundo, donde abundan los cuerpos de gimnasio hipertrabajados e hipersexualizados, estos aspiran a volverse imagen y ser tocados a través de pantallas mediante likes, en vez de ser tocados mediante el roce cuerpo a cuerpo.


En cualquier caso, como sostienen Burton, Kelly y Aunspach, los incels no son una anomalía o una contratendencia a la vida sexual y amorosa del neoliberalismo, sino su consecuencia lógica natural y esperada: hombres cuyas subjetividades hipersexualizadas causan dolor emocional y resentimiento por las jerarquizaciones y exclusiones del deseo sexual y el afecto en el mundo capitalista neoliberal, y que, ante su precariedad sexual y económica, han optado por el fatalismo misógino y biologicista.


La ultraderecha le habla a los jóvenes de sexualidad y amor


Es sabido que tan pronto como los foros de internet incels se llenaron de hombres cisgénero heterosexuales, la ultraderecha comenzó a infiltrarlos y a alimentarlos con su misoginia antifeminista. La ultraderecha vio en la frustración sexual y amorosa de los hombres jóvenes un buen motor para avanzar su agenda política neoconservadora y reaccionaria, volviendo a las mujeres y las libertades sexuales el chivo expiatorio de los malestares sexoafectivos provocados por el capitalismo neoliberal. Según Kelly y Aunspach, la la hipersexualidad masculina radicalizada por la ultraderecha está alentando posiciones cada vez más reaccionarias y autoritarias. Ocurre algo señalado acertadamente por Sara Ahmed: lo que convoca y reviste a los grupos de odio y a los nuevos discursos fascistas es el discurso de la supuesta defensa del amor. La pregunta es ¿qué tipo de amor defienden y desean defender esos grupos y esos discursos?


El deseo sexual y romántico insatisfecho de muchos hombres está siendo encauzado para promover un ataque a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Según el pensamiento incel, la libertad sexual y la autonomía de las mujeres es lo que ha generado sus frustraciones sexuales, por lo que es necesario un mayor control sexual de las mujeres para que los hombres accedan a la satisfacción sexual. Esto, de hecho, es visto como la posibilidad de restaurar y regresar a un orden sexual pasado en el que los hombres tenían vidas sexuales y amorosas más satisfactorias antes de que el feminismo y los discursos de la libertad sexual arruinaran sus vidas e hicieran que las mujeres se volvieran “interesadas” y “superficiales” centradas en el físico, el dinero y el atractivo. En otras palabras, lo que se busca es un regreso a la subordinación sexual de las mujeres a los hombres.


Sin embargo, los alcances de esta deriva autoritaria del deseo sexual de los hombres heterosexuales van más allá de los cuerpos de las mujeres ya que, de acuerdo con Kelly y Aunspachla, para los incels más radicalizados la fuente de su sufrimiento es el deseo sexual mismo, el cual desearían desterrar por completo de sus cuerpos y de la sociedad. Algunos incluso de forma extrema terminan recurriendo a la castración de sus cuerpos como una forma de dar solución al dolor que les provocan sus deseos. Al ser el deseo sexual en sí mismo el problema, algunos incels terminan inclinándose por la disciplina, el autocontrol y el autoritarismo sexual dirigido hacia todos los cuerpos; en algunos casos, reciclando tropos racistas neocoloniales en donde los cuerpos blancos adquieren su valor por su disciplina sexual, a diferencia de los racializados, cuya presunta “hipersexualidad” es portadora de desorden. Esto claramente coincide con el neoconservadurismo que busca atacar la autonomía corporal y las libertades sexuales para reintroducir en la política la dictadura de la moral cristiana.


Lo anterior tenemos que comprenderlo como parte de una estrategia más amplia de la ultraderecha internacional por volver a les migrantes, latinoamericanxs, mujeres feministas, diversidades sexuales y la izquierda en general el chivo expiatorio de los problemas sociales que han sido generados por el capitalismo en crisis. Esta no sería la primera vez que la ultraderecha canaliza los afectos y los deseos sexuales para que las masas deseen el autoritarismo que vendrá a “salvar” al capitalismo. La historiadora Dagmar Herzog ha señalado que, al contrario a lo que suele creerse, el fascismo en Alemania del siglo XX tenía una vertiente prosexo que, en disputa con la vertiente antisexo católica y conservadora, alentaba solamente el sexo heteronormativo. Esto resultó fundamental para que las masas desearan el fascismo, tal y como también lo señaló Wilhelm Reich.


En nuestro mundo actual, en el que la ultraderecha gana elecciones y crece en simpatizantes hablándole a los jóvenes sobre sus dolores sexuales y románticos, es importante abrir el diálogo con las juventudes respecto a que las causas de nuestras insatisfacciones sexuales y afectivas no están en las libertades sexuales sino en el capitalismo que, en su hipersexualización y neoliberalización, al mismo tiempo que mantiene un orden sexual represivo, nos va despojando de todo, incluso de la posibilidad de tener vidas sexuales eróticas y afectivas. El camino hacia una vida sexual y afectiva satisfactoria y plena tampoco está en el regreso al autoritarismo sexual capitalista, centrado en la familia tradicional cisheteronormativa. Se trata más bien de liberar la la sexualidad y al amor del propio capitalismo, que los terminó envolviendo en la lógica de la propiedad y del mercado. Desde mi perspectiva, a eso aspiraba la sociedad socialista que imaginaba Kollontai: una posibilidad de abrirle paso a vidas sexoafectivas distintas, probablemente más placenteras y plenas. ¡Defendamos el amor y la sexualidad de sus verdaderos enemigos que están en el capitalismo y la institución represiva patriarcal de la familia!


 
 
 

Comentarios


bottom of page