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La ternura de las aves cuando mueren: conversación con Zaria Abreu Flores

Por J. C. D. Calderón


Ilustración de Xanic Galván
Ilustración de Xanic Galván

Esta conversación quiere acompañar la salida del poemario de Zaria Abreu Flores La ternura de las aves cuando mueren, que se publicará en la editorial Una habitación para nosotras, y cuya preventa está disponible aquí: https://habitacioneditorial.com/products/la-ternura-de-las-aves-cuando-mueren-preventa. El libro cuenta con ilustraciones de Xanic Galván, prólogo de Xitlalitl Rodríguez Mendoza y acompañamiento editorial de Yeni Rueda.


Más que una presentación del libro, quisimos que esta conversación se convirtiera en una exploración de los temas que lo atraviesan: la muerte como proceso de vida, la experiencia y el conocimiento del cuerpo, la memoria afectiva del acompañamiento y del distanciamiento a seres enfermos, la enfermedad en femenino, la escritura como autora discapacitada y la posibilidad de la ternura en contextos donde suele ser reducida a una lástima capacitista. Con ello, buscamos que les lectores entiendan el contexto desde el cual surge el libro y los sistemas estructurales y políticas con las que dialoga. Así, podrán acercarse a las palabras de Zaria con mirada crítica y gestar sus propias palabras, miradas y acciones de acompañamiento tierno a sus aves cuando mueren.



  1. Situar el libro en la trayectoria poética y el hogar editorial



Juls Calderón (JC): Me gustaría iniciar preguntándote ¿de dónde surge este poemario? ¿Qué lugar ocupa en tu trayectoria como poeta? ¿Quién es la Zaria que lo escribe?


Zaria Abreu (ZA): El momento en el que decidí buscar la publicación de este libro se conecta con algo que siempre me cuestiono, y que he conversado con otras escritoras que viven con enfermedades crónico/degenerativas: ¿qué va a pasar con lo que escribimos? Puede parecer absurdo o egoísta pensar en los textos, en los diarios, en las palabras propias; pero en mi caso aparece como una necesidad muy concreta: la de dejar algo; poner “un resto” en el mundo, algo que permanezca para otras personas. El libro también nace de la comunidad que me ha sostenido; porque escribir en estas condiciones es difícil, física y materialmente, y eso muchas veces no se ve. Hay una idea de que el libro aparece como si hubiera sido escrito de manera continua, sentada, sin interrupciones. Pero no es así. El proceso escritural y editorial tomó más de un año. Hay largos periodos en los que no puedo escribir. Entonces grabo notas de voz, registro fragmentos, trabajo desde lo oral. Eso forma parte del libro: la oralidad viene, en parte, de esa imposibilidad de escribir en ciertos momentos y a la vez se conecta con mi trayectoria previa, de haber trabajado con la voz. Entonces este libro se construye desde esa mezcla: escritura, grabación, fragmentos, mutaciones e híbridaciones.


Otro factor que motiva el libro es el deseo de compartir. Incluso en los objetos que acompañan los libros, en los pequeños “juguetes” que suelo hacer, hay una intención de extender el vínculo con quienes leen. Es una forma de romper el encierro, de hacer circular algo propio hacia afuera y aquí el encuentro con Una habitación para nosotras fue muy importante porque Yeni suele también hacer libros que dialoguen desde varias materialidades. A partir de todo lo que he escrito —que es mucho y gran parte aún inédito—, hice una selección que estuvo atravesada por una pregunta muy concreta: ¿qué querría publicar si este fuera mi último libro? Porque en la enfermedad hay momentos de mucho miedo y en esos momentos la escritura se organiza de otra manera. Se vuelve una decisión muy particular. Este libro es el que quise hacer desde ahí. Pensar que este libro podría ser mi último gesto puede parecer una idea oscura, pero no necesariamente lo es, ese pensamiento también ancla a la vida, da sentido, organiza, amarra al presente. Hay una tensión constante entre la posibilidad de morir y el deseo de seguir. En ese momento, lo que aparece con más fuerza es el deseo de vivir, de seguir estando; de hacer cosas, incluso pequeñas, incluso frágiles.


… Por fin fuera de las palabras con las que fue construido ese mundo, fuera del discurso alienante de los habitantes de ese mundo. Fuera de las imágenes generalizadoras de ese mundo, fuera de las concepciones de familia, hijos, trabajo y amor de ese mundo, fuera de las construcciones intelectuales de ese mundo. Sin tener que elegir una vida y (extrañamente) sin ser elegida por ella.


Una inmersión en la violencia que provoco. Una inmersión en mi condición de paria, en mi escape de las normas; desde niña afuera y al margen.


Ser enferma reafirma mi cualidad de fugitiva…


Fragmento de Mi primera persona


JC: Y, una vez que tuviste lista la selección de poemas del libro, ¿por qué decides publicarlo con Una habitación para nosotras?


ZA: Surge de una afinidad previa. Había visto trabajos de UHPN que me interesaban, procesos donde el libro se pensaba también como objeto, como un diálogo. Hay una búsqueda editorial que me es muy cercana; además fue muy importante la posibilidad de conversar, de sentarnos a pensar juntas cómo hacer el libro. Integrar a personas con las que ya trabajamos y tener apertura para construirlo colectivamente. Tenemos un acuerdo vital frente a la forma en que se producen los libros. Una intención de romper con la lógica de jerarquías y cadenas de producción rígidas. Pensar el libro como un objeto construido desde el diálogo colectivo, no desde la imposición. Eso tiene mucho que ver con la mirada de Yeni y con mi propio sentir sobre el objeto libro.

El poemario encontró unas maravillosas manos que lo pusieran en el mundo, al sumarse tantas mujeres admirables para hacerlo existir, comprendiendo la veta del poemario que tiene protesta, momentos duros, incluso provocadores; y aún así está sostenido por el amor, todo el tiempo. Ese amor convive con el enojo, con la crítica, con la contradicción. No se trata de elegir una sola línea. Se trata de sostener todas las líneas al mismo tiempo. Así mismo está la idea de dejar algo a quienes amo. No como un cierre definitivo o una despedida, sino como un gesto, un agradecimiento, un regalo. Si me preguntas de qué va el libro, no estoy segura de poder responder y eso está bien porque una de sus apuestas es justamente esa: no fijar un único sentido. Permitir que sea múltiple, cambiante, abierto.


JC: Eso se percibe con claridad en el final del libro. La última sección funciona como un cierre afectivo muy concreto. Un poema de agradecimiento: a quienes han estado, a quienes sostienen. El poema final, “Quiero derrocar al cementerio”, deja algo hacia adelante. Una especie de herencia. Un gesto de decir: esto es lo que te dejo. Esos dos poemas son, quizá, los más tiernos del libro. Pero esa ternura incluye también una dimensión de ruptura. De dejar algo que puede ser transformado, incluso destruido. Como si el legado no fuera una conservación intacta, sino una posibilidad de acción.


Quiero derrocar al cementerio


que me habita

tan sólo para regalarte

si no el paraíso

al menos

un terreno baldío

al que le puedas prender fuego



  1. El título: las aves, el proceso de morir y la ternura



JC: Quisiera moverme ahora al título de tu poemario, me pareció particularmente sugerente, sobre todo al leer los poemas. Tiene al menos dos componentes: por un lado, las aves que se están muriendo; por otro, la idea de ternura en ese contexto. Me interesa primero esta cuestión: ¿qué significa la muerte de las aves o el proceso de morir de las aves? Tendemos a pensar que las aves mueren cuando están convalecientes, en sus últimos suspiros. Sin embargo, en los poemas aparecen distintas formas de morir, distintos momentos en los que el ave empieza —o no— a identificar que su cuerpo está muriendo. Hay momentos en los que el ave no lo sabe, pero el proceso ya está ocurriendo. Incluso hay momentos en los que algo muere y otras partes siguen viviendo.


ZA: Tiene que ver, primero, con una historia personal con las aves. Desde niña me tocó encontrar aves caídas del nido: las que sabes que, si las tocas, la madre las rechazará. Intentaba salvarlas, pero casi siempre se morían. A lo largo de mi vida me encontré muchas aves enfermas, heridas, pisadas, apedreadas… Tengo una historia de cuidado con aves enfermas, siempre me las encontraba e intentaba ‘salvarlas’. Sólo una sobrevivió: se llamaba Pepe. Este encuentro con aves heridas me sucedió toda mi vida, hasta que la enfermedad me puso en reclusión obligatoria. Por otro lado, ahora que lo dices, es cierto: no se trata sólo de cuándo se mueren. Tiene que ver con cuándo se están muriendo. Ese “se están” implica algo que está ocurriendo todo el tiempo. Entonces, sí se trata en parte de esas aves reales y a su vez de la necesidad de nombrar la ternura, la vida y la muerte. Suele ser extraño hablar de ternura y muerte al mismo tiempo y hay que hacerlo.

La muerte se piensa como algo que llega, que atrapa, pero no como algo que se ejerce. La muerte, al vivirse, se ejerce. Eso es algo que pocas veces se aborda. Tiene que ver con experiencias personales. Acompañé a mi abuela cuando murió; murió en mis brazos. Ya era muy pequeña. La cargué, la arrullé mientras moría. Algo en ese momento fue como el aleteo de un ave; su ternura estaba ahí, junto con su miedo y también estaba la necesidad de abrazar esa ternura. Muchas veces no sabemos acompañar porque no vemos, no sentimos, no tocamos las diferentes dimensiones de la muerte. Pensándolo ahora, me pregunto cuántas veces he “muerto” en estos últimos años. En algún momento escribí: “ya perdí la cuenta de mis desahucios”. Esos momentos en que te dicen que no hay nada más que hacer. Por eso la imagen del ave: esa fragilidad extrema de un ave caída del nido, tan pequeña que puedes ver su corazón palpitar. Antes de tener plumas, todos sus órganos son visibles a través de una delgadísima piel transparente. Esa es una vulnerabilidad inmensa. En el libro hay algo de ternura hacia esa niña que intentaba salvar lo que era insalvable. Persistir en ese intento por la vida. El título además es un guiño: ¿qué pasa cuando alguien dice “me estoy muriendo” y no se le cree? Porque parece que sólo se valida la muerte cuando es inmediata, visible, dramática. Pero hay muertes lentas, tortuosas. Y esas muertes también son vida. Son vida y son ternura. No en el sentido banal o desgastado de la palabra, sino en otro registro. Por eso pensé mucho la palabra “ternura”. Está muy manoseada, pero en esta combinación adquiere otro sentido.


Yo te amo dentro de una cuenta regresiva y lo sé (y no quisiera saberlo). Este romperme antes de que lo demás se rompa, tan sólo por saber que ha de romperse. Repetir cada segundo el estallido que todavía no llega. Amarte siempre a punto de perderte (morirme, aquí debería escribir morirme). Hoy siento el amor, esa burbuja en mi mano izquierda, y me pongo a columpiarme en la orilla de mi llanto.


Fragmento de Cuenta regresiva


JC:. Cuando pensé en ternura asociada a los cuerpos enfermos, me vino una idea muy específica: una ternura cristiana, una compasión que perdona todo. Una ternura que coloca al otro en una posición de inferioridad, casi como objeto de lástima. Esa ternura puede ser profundamente problemática. Una ternura que no necesariamente acompaña, sino que distancia.


ZA: Una ternura que no es ternura. Sí. Era importante desplazar esa idea. La ternura aquí no es esa compasión distante. Tiene que ver con el contacto, con lo que se siente, con lo que se toca. Tiene que ver con estar ahí cuando algo está ocurriendo, incluso cuando no se puede resolver. No es una ternura que “salva”. Es una ternura que acompaña, que sostiene. Por eso me interesa la idea de que la muerte no es un evento único. Hay muchas formas de estar muriendo, muchas temporalidades y esas formas no siempre son reconocidas. A veces ni siquiera por quién las está viviendo, pero están ocurriendo constantemente y eso también es la vida.


JC: Entonces, lo que el título hace es obligarnos a mirar de otra manera…


ZA: Sí. Y también cómo podemos acompañar procesos complejos sin negarlos, sin simplificarlos y sin negar la vida.


aunque sea un niño terrible

no voy a asfixiarlo debajo de la almohada

aunque sea un niño terrible

no le negaré mis senos


aunque sea un niño terrible

no le negaré el abrazo…


Fragmento de Decir en voz alta su diagnóstico



  1. El ave que canta: entre la jaula, las etiquetas y lo estructural



JC: Cuando leí el título, lo primero que me vino fue la imagen del pájaro enjaulado. En particular, pensé en el poema “Caged Bird (Pájaro Enjaulada)” de Maya Angelou, donde el ave canta canciones de libertad, precisamente porque no lo es. Ahí el canto no es celebración, sino una forma de nombrar lo que falta: la libertad, el afuera, aquello que otros cuerpos sí tienen. Creo que intenté aproximarme a tus poemas pensando que quizá tus aves que se están muriendo también cantaban sobre lo que no tenían: sobre la no enfermedad, sobre lo que no le está ocurriendo en sus cuerpos, sobre futuros con su gente amada. Pero, al leer tu poesía, me di cuenta de que el libro no se queda en esa lógica. No es sólo el ave que canta su carencia. Aparecen muchas capas: quién la enjaula, quién la enferma, quién la nombra. Hay médicos, hay cuerpos que la acompañan, hay otros que se van. Hay partes de ella que parecen no estar en ese espacio —la sangre, las ideas, las emociones— como si no todo estuviera contenido en esa jaula o en esos cuartos. Entonces me pareció importante algo: evitar construir una historia única, romantizada, sobre un proceso que es profundamente polifacético. Desde ahí surgen algunas preguntas. ¿Cuál es la importancia de hablar de lo estructural en el libro? ¿Por qué hablar de quienes acompañan y quienes no, de lo que se construye en tiempos de enfermedad y lo que se destruye?


ZA: Me interesa mucho la pregunta sobre qué canta el ave que se está muriendo y poner el acento en que todes estamos muriendo a diario. Qué implicaciones le damos a ese canto, porque no está diciendo una sola cosa. Cuando pienso en el título La ternura de las aves cuando mueren no estoy hablando únicamente de una metáfora cerrada. Sí hay una experiencia concreta: estoy atravesando un proceso de enfermedad crónico/degenerativa; al mismo tiempo hay una decisión formal y vital. Un trabajo de escritura muy pensado: El libro es híbrido porque no podía ser de otra manera. Desde hace tiempo he estado investigando en mi escritura cómo poner el cuerpo enfermo en la literatura sin normalizar la literatura y sin romantizar el cuerpo enfermo. Eso implica contar lo que sucede, y a su vez permitir que la escritura registre lo que ocurre incluso cuando no encaja. Por ejemplo, en mi caso empezaron a aparecer errores en el lenguaje cuando la niebla mental se volvió más intensa. Olvidaba palabras, cambiaba letras, confundía sonidos. En lugar de corregirlo, empecé a trabajar con eso. A dejar que esos desplazamientos entraran en la escritura.


También hay cosas que se pueden decir en prosa y no en poesía, y viceversa. El libro juega con esas tensiones. Hay una decisión consciente de construir algo complejo, aunque a veces el lenguaje sea coloquial. No es una escritura aspiracional en términos académicos, pero sí está pensada, estructurada y, al mismo tiempo, desestructurada. Me interesaba que el texto y que los cánones literarios, como el cuerpo, crujieran.


Cuando envié el manuscrito ya incluía esa mezcla de poemas y textos en prosa. Así, el trabajo con la editorial, con Yeni Rueda en específico, fue importante porque acompañó esa apuesta y además jugó para llevarla más lejos. Hubo propuestas de orden que desestructuraban aún más el material, y eso abrió nuevas posibilidades. Ahí también entraron las ilustraciones de Xanic Galván, que no funcionan como ornato, son parte de esa misma lógica de ruptura y lo mismo sucede con el diseño gráfico de Mafer Arnaut que dialogó con la aparente dureza del libro dándole aire.


Desromantizar implica hacerlo no sólo sobre lo que se dice, sino desde dónde se dice y cómo se construye formalmente el libro, y ahí también Xitlalitl Rodríguez que hizo un prólogo que es un incendio y Alejandra Eme Uve que escribió una bomba molotov de contraportada jugaron un papel fundamental. Para desromantizar, hay que decirlo claramente: no es “chingón” estar enferma. El dolor no es algo que pueda embellecerse. Por ejemplo, ahora mismo llevo más de una semana con un dolor constante que no tiene nada de poético. No hay manera de romantizar eso. Pero lo que sí sucede es que la vida continúa. Y eso es importante: una no es sólo ese dolor. Sigo riendo, sigo teniendo momentos con otras personas, sigo habitando otras experiencias. Puedo estar riéndome y, minutos después, enfrentar el miedo de lo que viene, de cómo se sostiene esto. Ese tránsito es constante. No es una cosa o la otra. Es todo al mismo tiempo.


No puedo decirte mira, me duele aquí y que tú entiendas —sin necesidad de nada—, porque tú lo entiendes todo: que aquí soy yo, que es exactamente aquí donde me duele y que aquí me duele todo.


Fragmento de Escribir con sangre en las paredes


Hay algo que me ha estado inquietando: la imagen de la “escritora enferma”. En el momento en que escribes desde la enfermedad, pareciera que dejas de ser escritora y te conviertes únicamente en enferma, hay una condescendencia galopante. Todo el resto de tu trabajo, tus obsesiones, tus temas anteriores, se borran. Es como si la enfermedad absorbiera toda la lectura de lo que haces. Y entonces aparece la pregunta: ¿vale la pena publicar otro libro desde ahí? Y la respuesta fue sí. Porque ese problema no es mío, es de la forma en que la sociedad lee nuestros cuerpos enfermos. Yo sí soy una escritora enferma: eso es cierto, pero el problema no es ese, sino lo que la sociedad (y el looby literario) deposita sobre esa categoría: desde dónde se me ubica, cómo se me interpreta, qué se espera que diga.


JC: Eso conecta con algo que aparece en uno de los poemas: la afirmación de “yo no soy este cuerpo”. Pero al mismo tiempo, el libro no desarrolla lo que había antes de entrar en el circuito médico: diagnósticos, tratamientos, instituciones.


ZA: [Interrumpe la conversación brevemente por el dolor físico y la dificultad para respirar; pide y se coloca el oxígeno.]


Tiene que ver con algo más amplio que el diagnóstico en sí. El diagnóstico es sólo una parte. Lo que me interesa es cómo se construye la mirada sobre el cuerpo. Qué etiqueta se te cuelga. Por ejemplo, en cuerpos feminizados, el primer diagnóstico suele ser “es mujer”. Si dices que te duele algo, se interpreta como exageración. Hay una desconfianza estructural hacia lo que el cuerpo dice de sí mismo. Entonces no se trata sólo del diagnóstico médico, sino de todos los carteles que se colocan sobre el cuerpo socialmente. Eso tiene consecuencias reales porque la experiencia no se valida. La experiencia del cuerpo no es reconocida como conocimiento legítimo. Puedes decir “esto me hace daño” y aun así se impone otra cosa, eso puede ser mortal, literalmente. También es la sociedad la que cuelga etiquetas capacitistas sobre el cuerpo. Y esas etiquetas matan. Desde impedir el acceso a recursos para sostener la enfermedad —que es sostener la vida— hasta cerrar espacios laborales o cuestionar constantemente la legitimidad del dolor. El clásico: “no te ves tan enferma”. Todo eso forma parte de un mismo sistema de violencia.


Mi cuerpo no era esto, nació distinto y fueron ellos quienes quisieron igualarlo a algo conocido, quienes quisieron ponerle rejas por si acaso era peligroso.


Y los peligrosos eran ellos, que ya ves, me están matando.


Fragmento de Pérdida del paisaje



  1. El encierro en femenino y las múltiples habitaciones



JC: Hay otro tema que atraviesa el libro y que me parece central: la relación entre exclusión y las formas de habitar la enfermedad. Pienso particularmente en cómo el libro desarma la idea del “cuarto propio” de Virginia Woolf. Esa noción de un espacio que permite escribir, que en cierto sentido se ha romantizado mucho. En tus poemas aparecen otros cuartos: la cama del hospital, el hospital mismo, espacios que remiten a lo psiquiátrico. Entonces una primera pregunta sería: ¿cuál es la importancia de este encierro —que no es elegido, sino forzado— en el libro? Ahora, esas habitaciones no son sólo espacios físicos: hay actores que te llevan a esos lugares, que determinan ese encierro, hay otros que transitan esos espacios, contigo y sin ti. ¿Cómo operan esos distintos encierros? Por último, está esta idea del “descanso”. Se supone que una persona enferma tiene tiempo para sí misma, pero ese tiempo está atravesado por el dolor. Entonces, ¿qué tipo de descanso es posible en esos espacios?


ZA: Sí, hay muchos niveles de cuartos. El libro está lleno de habitaciones distintas. Eso empezó en el poemario porque yo así lo vivo, habito distintos cuartos, aunque sea el mismo cuarto cada día. Después se sumó el trabajo colectivo. Fue importante pensar el libro con personas que me conocen, que han visto y vivido mi proceso; por ejemplo, quien hizo el diseño —Mafer Arnaut— es una amiga que ha estado cerca durante años. Vio cómo mi cuerpo cambiaba, cómo la enfermedad avanzaba, cómo se transformaba todo y eso se tradujo en decisiones formales. El diseño empezó a incorporar espacios amplios entre los textos, páginas en blanco, pausas. No es solamente una cuestión estética: responde a una sensación de densidad. Hay algo en el libro que necesita aire y cada una de las creadoras editoriales fueron buscando su manera de dar ese aire sin diluir la complejidad. Esa necesidad de aire también tiene que ver con el encierro. El encierro no es sólo estar en un cuarto. Es la imposibilidad de respirar dentro de ciertas condiciones. Y al mismo tiempo está la necesidad de moverse entre habitaciones porque una no habita un solo espacio: está el espacio físico, el emocional, el mental, el cansancio… El libro transita esos distintos cuartos.

Hay algo más: a las mujeres enfermas no se nos dice que necesitamos un “cuarto propio”. Se nos asigna una “habitación privada”: un lugar donde no seamos vistas, donde ciertas cosas no deben mostrarse, no deben decirse, no deben escribirse. Hay temas que se consideran inapropiados, especialmente cuando vienen de ciertos cuerpos, se exige una “distancia elegante” para tocar esos temas. Este libro intenta romper con eso: no hay tema que no pueda ser abordado y se hace desde la materialidad del cuerpo, su carne, sus fluidos, su estar en el mundo, por eso en el libro aparecen temas como el orgasmo, el deseo, el cuerpo en relación con otros cuerpos. Hablar de eso también es abrir espacio, generar otras habitaciones. Es permitir que el cuerpo enfermo no quede reducido a una sola dimensión.


tus pies comenzando a andar hacia la puerta

habitación doscientos once

paciente con protocolo de inmunodeficiencia—


sé que hay un árbol en la esquina

tras el que perderé de vista tu silueta

otra vez—


y yo

te sonrío

te estoy sonriendo

te sonrío cuando estás

cuando te vas…


Fragmento de Horario de visitas



El libro no es solo sobre la enfermedad. Hay muchos temas. Hay variaciones constantes, una no deja de ser muchas cosas al mismo tiempo. Reducirlo todo a la enfermedad sería repetir esa lógica que el propio libro intenta cuestionar. También está el humor. Un humor muy oscuro, muy negro que a veces no se percibe por la mirada capacitista sobre los cuerpos enfermos. Cuando hago un chiste sobre mi enfermedad, la gente no se ríe. Responden con preocupación, con lástima, con incomodidad. Pero si ese mismo chiste no tuviera que ver con la enfermedad, sí sería reconocido como humor. La enfermedad y la discapacidad se tratan con miedo excesivo, con distancia. Y eso impide ver otras dimensiones de lo que se está diciendo. El encierro también está en la mirada del otro. En las formas en que esa mirada limita lo que puede ser dicho, entendido o incluso imaginado.


voy a morir aquí

voy a morirme en ti


y no sentiré temor o culpa o el menor remordimiento


tú tampoco

porque sabes desde siempre

que así tenía que ser


una muerte necesaria

bella como los ojos de un ahorcado…


Fragmento de Eutanasia



  1. El amor, los no-cuidados y lo colectivo



JC: Me gustaría detenernos en el amor, porque es uno de los ejes más presentes en el libro. Aparece en distintas direcciones: relaciones de pareja, vínculos familiares, amistades, personas que acompañan. Entonces pensaba que, si quisiéramos darle un valor radical a la ternura, este surgiría necesariamente del amor o de esas formas de convivencia. ¿Por qué el amor ocupa un lugar tan central en un libro como este? Cuando una persona atraviesa un proceso como el tuyo, una de las preocupaciones más fuertes es qué pasa con los seres amados. Hay un momento en tus poemas donde se plantea la necesidad de sentarse a hablar sobre la muerte, de decir: esto está ocurriendo. En ese proceso se vuelve evidente que el amor no es sólo el cuidado hacia otros, sino también es una forma de agencia. No sólo se trata de ser cuidada, sino de decir: yo también estoy haciéndome cargo de lo que me está pasando. ¿Cómo piensas ese papel del amor en tu poesía?


ZA: El amor está desde la dedicatoria. Cuando digo que el libro está dedicado a quienes hacen del cuidado una forma de amar, estoy marcando una posición, porque el cuidado es una palabra muy usada, pero ejercerlo realmente es otra cosa. Y ejercerlo con la intensidad con la que yo lo he recibido no es común. Es difícil de encontrar. El libro está atravesado por ese amor que cuida, y por el derecho a decirlo. Porque estos cuerpos sienten, aman, ríen, acarician. Mientras haya vida, eso sigue ocurriendo. De hecho, yo pienso que La ternura de las aves cuando mueren es un libro más sobre el amor que sobre la muerte. Ahora se dice mucho “amor”, pero se ejerce poco. Se ha vuelto una palabra desgastada, por eso me interesa repensar desde dónde se ama, a quién se ama y cómo se construyen esos vínculos. Sobre todo en un contexto donde parece haber perdido peso. En mi caso, el amor es lo que sostiene. Hubo momentos en los que pensé que no iba a poder seguir. Me decía: si llego a un año viviendo así, ya no más. Y llevo seis. Entonces la pregunta es: ¿qué sostiene? Y lo que sostiene es el amor. No porque el mundo sea un buen lugar en general, sino porque el mundo no es uno sólo, hay muchos mundos y esos mundos se construyen con otras personas. El amor no es algo que forcé incluir, ya estaba ahí cuando escribí. Por eso aparece con tanta fuerza.


Vamos incorporar la palabra muerte a nuestro vocabulario diario y a dibujar juntos nuestra vida futura, como lo hicimos tantas veces, dibujarla para que puedas habitarla cuando yo no esté. Tenemos que hablar de que me voy a morir, amor mío y después vivirnos hasta que la muerte no nos separe.


P.D. Ríe del fin del mundo. Te va a quedar chiquito. Baílalo.


Fragmento de Baila


En el poemario, sin embargo, también está el abandono, la contraparte del amor. Hay un poema, “Las amigas”, donde aparece esa idea: lo que ocurre después de un diagnóstico de enfermedad crónico degenerativa; cómo las personas se alejan, se cansan y luego, cuando te mueras, hablarán de lo mucho que te amaron. Eso también forma parte de la experiencia, porque las relaciones no son puras. No son completamente generosas ni completamente ausentes. Hay contradicciones. Ese poema hace una radiografía de los vínculos, de los distintos tipos de relaciones y momentos.


JC: Esa pluralidad de significados en la poesía y en la experiencia de la enfermedad parece que se refleja en las imágenes del libro. Al inicio parecen más contenidas, como si permitieran observar algo desde afuera. Después se vuelven más abiertas, más cercanas al collage, más fragmentadas.


ZA: Las imágenes fueron un proceso colectivo. Al inicio había propuestas más limpias. Pero lo que nos interesaba era lo contrario: ensuciarlas. Hacer visible el proceso. Trabajar por capas. Incluir materiales, objetos, fragmentos reales del cuerpo. Hay piezas que incluyen cabello, dientes. No como metáfora, sino como materia. Ese trabajo con Xanic, también es poner el cuerpo en el libro. Y es importante para mí decir que mientras el poemario es mío, el libro es colectivo. Se construye en diálogo: con la editorial, con quien diseña, con quien ilustra. Es una conversación constante. El libro se sitúa entre diferentes tensiones: entre el amor que sostiene y la soledad que se reclama, entre el cuerpo que se fragmenta y la colectividad que construye sentido, entre la experiencia individual y las estructuras que la atraviesan. No resuelve esas tensiones. Las mantiene abiertas.


Una sigue enferma, sigue empeorando, empeora, las amigas se cansan, escriben menos, ya no llaman, ya no hacen compras…


Una sigue enferma, sigue empeorando, las amigas se asustan.


Una sigue enferma, sigue empeorando.


¿Las amigas?


Una se muere.


Las amigas se reúnen, se rompen, lloran, se llaman entre ellas, se sostienen, acuden en multitudes al rescate, se escriben, se llaman, se proveen, se hacen compras, se mandan audios, recomiendan libros sobre duelos, comparten comidas, hablan de una, de lo mucho que la han querido.


Fragmento de Las amigas



  1. La gatita rivotril y la mamá lupus



JC: El poemario viene acompañado de un fanzine: “Gatita Rivotril”. Es bastante extenso, un poema largo. Yo conecté mucho con el fanzine porque mi mamá fue diagnosticada hace pocos años con lupus. Hay un fragmento que me golpeó particularmente:


La adulta de 51 años que ahora debe cuidarte

debe aprender, primero, cómo asesinar

a la niña de tres años que llora a un lado de tu cama…


Ese verso, condensa mucho de las realidades del cuidado. Me hizo pensar en mi propia experiencia: cuando me tocó cuidar a mi mamá después de su última operación. Fue reprogramada muchas veces en el ISSSTE, el servicio de salud público para trabajadores del Estado. Recuerdo que cada cambio de fecha se sentía como una burla cruel del sistema. Era un recordatorio de la pobreza y de la incapacidad de pagar por el servicio de salud privado. En relación a tu fanzine, me preguntaba por qué mis cuidados no fueron y no son esa versión “tierna” de los cuidados que te exige la sociedad—la que lleva flores, la que suaviza todo—. En cambio, al cuidar tengo mucha dureza, la que surge después de haber acompañado tantas muertes. En ese contexto, Gatita Rivotril funciona como un abrazo y también como un reconocimiento a quienes cuidan, pero desde la precariedad. Porque nunca se cuida como se quisiera cuidar. Nunca en condiciones ideales. No se cuida a cuerpos que se sanarán por completo, ni en escenarios amables. Es un cuidado sin romanticismo. Quería preguntarte por ese gesto: el homenaje que haces en el fanzine, pero también la intención detrás las personajes principales: la “gatita rivotril” y la “mamá lupus”. ¿Quiénes son esos personajes? Es fuerte que estén nombrados desde el diagnóstico o desde las medicinas que toman.


ZA: Es muy importante eso que señalas. Mi mamá no tuvo diagnóstico hasta muy tarde. Yo crecí con una madre enferma sin nombre para su enfermedad. Y ejercí el cuidado toda la vida en esas condiciones: sin saber qué le pasaba, en medio de mucha violencia social e incluso de cierta parte de la familia (como la hermana de mi madre). Había discursos muy duros —que si era floja, que si exageraba—, y en realidad tenía Lupus. Al mismo tiempo estaba yo, también sin diagnóstico. A mí me diagnosticaron autismo hasta los 46 años, como suele pasar muchas veces. Entonces, éramos dos mujeres sin diagnóstico, tratando de cuidarnos desde la dificultad física y emocional que eso implica. Mi mamá vivía con el miedo constante de que yo me hiciera daño, porque no entendía mis crisis, mis meltdowns. No tenía herramientas.


“Gatita rivotril” y “mamá lupus” vienen de ahí. El rivotril —o el clonazepam— como símbolo de lo psiquiátrico, de lo que se me asignaba para regular mis estados. Y el lupus como ese diagnóstico que llega tarde. Son nombres que condensan lo que nos atravesaba: lo que nos permitió cuidarnos y, al mismo tiempo, lo que nos lo dificultó. Eso que dices del cuidado es central. Yo también veía a otras personas y pensaba: ¿cómo logran cuidar así? Pero claro, no tienen las mismas condiciones, no están atravesadas por lo mismo. Además, hay algo de lo que casi no se habla: el miedo del cuidador. El peso de saber que una equivocación puede tener consecuencias irreversibles. No darte cuenta de una deshidratación, de un golpe de calor… Ese terror existe. Cuidar es, literalmente, tener una vida en tus manos. Y más aún cuando se trata de una persona mayor con múltiples enfermedades autoinmunes, porque rara vez viene sola una. Se acumulan.


Gatita Rivotril es un libro dentro del libro. Resume muchas cosas, pero no podía estar integrado como un capítulo más. Si apareciera ahí, desentonaría. En cambio, el formato fanzine permite separarlo, manipularlo, incluso retirarlo. Tiene otra lógica, otra estética. Fue una forma de decir: esto pertenece, pero de otra manera.


Me encabrona que

–de algún modo–

mi muerte haya llegado antes que la tuya,

en el peor momento,

en el que más me necesitas viva.


Yo, desde la fosa común, alzo los brazos,

intento abrazarte,

pero pareciera que te digo “aviéntate”.


Fragmento de Gatita Rivotril


Como fanzine, puedes separarlo, ponerlo aparte. Ese tipo de juegos también forman parte del trabajo editorial con Una Habitación para nosotras, que apuesta por formatos más experimentales. Ahí, por ejemplo, el dibujo del fanzine es mío. Y aunque el tono es duro, está escrito desde un amor infinito: hacia el cuerpo enfermo de mi madre, hacia mi propio cuerpo. Hay versos que para mí son especialmente dolorosos, como ese de intentar abrazar desde una fosa común y que parezca que estás empujando. Ahí está condensada esa relación entre dos cuerpos enfermos que se aman y se cuidan como pueden. Además, ese texto lo escribí antes de mi condición actual. Ahora, todo es incluso más difícil. Surgió en un momento en que mi mamá estuvo al borde de la muerte por una crisis de lupus, por eso tenía que estar en el libro, pero de ese modo, porque no fue escrito en el mismo tiempo que los otros poemas, pero dialoga totalmente con ellos. Y también hay la intención de desmontar esa idea de embellecer la enfermedad. No existe el “ganglio más hermoso del cáncer”. No lo hay. Y hay que poder decirlo así.



mi sangre sale más de casa que yo

y que tú baby—

esa sangre que se va cada semana

a un laboratorio distinto


también te ama baby

y mis uñas

y mi pelo —cayéndose a mechones—


quedarán mis sobras

separarás lo orgánico de lo inorgánico

i love you

bye baby

me voy

pero mi sangre se queda


Fragmento de Sangre frapé

 
 
 
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