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La alegría que viene de los muertos 

Por Diana del Ángel


Fotograma de Terminator (1984) (modificado).
Fotograma de Terminator (1984) (modificado).

Todavía es inicio de año por eso hablaré de algunos finales. 


Sin que pueda llamarlo un ritual, cada tanto veo Terminator 1. Cuando veo más de dos veces una película o releo un libro no es siempre para recordar la trama, sino para recordar algo de mí que ocurrió mientras miraba. Doy play para mirarme a mí, volver a esa experiencia de la primera vez frente a ese evento cinematográfico, en este caso. Era el año 90 y la película se estrenó en TV abierta. Fuimos a verla a casa de mis primos porque su tele era más grande o era a color o ambas. 


Lo primero que recuerdo es la emoción de ver a un personaje femenino de acción. Si bien la Sarah Connor de esa primera parte no se compara con la de la segunda entrega, me emocionó que una mujer tuviera un lugar relevante en el movimiento de resistencia ante las máquinas que dominaban el mundo. También recuerdo que esa fue la primera vez que pensé que el mundo podía acabarse. Aunque mi infancia no fue un paraíso era un tiempo en el que todavía no pensaba en los finales como una experiencia inevitable de vida. Por esos años mi propia infancia estaba llegando a su fin y  no se diga el mundo. Muchas cosas terminaron y otras comenzaron. 


Pese a lo sombrío que pueda parecer pensar en el fin del mundo, lo cierto es que el apocalipsis ofrecido por Terminator 1 me dejaba cierta emoción: la ilusión de la resistencia y el consuelo de que el final de la humanidad provenía de un agente externo. Con los años se mantiene la ilusión de la resistencia, pero la certeza de que somos, por acción u omisión, los artífices de nuestro fin empaña, por momentos, mis ánimos para organizarme y resistir. Cuando comencé a escribir este texto, Trump no había invadido Venezuela, ni lanzado amenazas contra otros países –incluido el nuestro–, es decir, no se vislumbraban los finales que ahora se asoman en mi imaginación. 


Tomé una pausa: no se me ocurría cómo terminar este breve texto. 



Hay de finales a finales. El problema de los finales mediatizados es que se basan en la misma narrativa del tiempo simple y lineal. El discurso fascista simplifica y unifica el supuesto mal en un gran monstruo, un enemigo único: sólo así puede concebirse la figura del gran salvador, el gran libertador. El discurso de la resistencia diversifica, no hay una sola respuesta, por lo tanto no hay un final y cuando éste llega no es un finalfinal, sino un finalinicio. 


En estos días algo que duele es el vaciamiento de las palabras, pero también es un tiempo para desvelar, para poner al descubierto esos sentidos ocultos. Pienso otra vez en la palabra náhuatl para año y hierba –xihuitl– ; en un primer momento vinculé la idea del tiempo a la perennidad de la hierba y eso me daba vértigo. Es decir, que el año nunca termine no es un escenario deseable. Me gusta que el año termine porque iniciará otro. Entonces me di cuenta que ese finalinicio está en la palabra xihuitl, porque aunque la presencia de la hierba parezca eterna, en realidad no es la misma: unas briznas van, otras, llegan. Como los días y los años, como el tiempo mismo se renueva con base en finales e inicios. 


No temerle a la indefinición, a la complejidad, es un camino para la alegría, para sostener la experiencia de la alegría íntima y colectiva –no se me ocurre otra resistencia más activa– aunque afuera nos quieran convencer de que no hay motivos para tener esperanza, para sonreír o para salir a las calles. Antes pensaba que la esperanza sólo tenía que ver con el futuro –eso que aguarda adelante–  ahora la vivo como una raíz hundida en el pasado. Concretamente de mis ancestras y ancestros que sobrevivieron a guerras, exterminio, miseria, pandemias; es una formulación simple, pero poderosa: si ellos sobrevivieron, seguro que nosotros también podemos. 


 
 
 
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