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Hija de tigre, pintita

(Notas a la lectura de Arundhati Roy)


Por Adriana González Mateos



El primer día de septiembre de 2022, Arundhati Roy recibió la noticia de la muerte de su mamá y tomó el avión para llegar a Kottayam, donde había vivido la señora. El dolor la puso a trabajar: en los meses siguientes reconstruyó la casa, diseñó un jardín para depositar ahí parte de las cenizas, empezó a escribir. El resultado es Mother Mary comes to me, dedicado a la memoria de esa madre contradictoria, violenta -pero tanta gente la admiraba y llegó al funeral para llorarla- entrañable -pero su hijo (el hermano de la escritora) andaba de buen humor, decidido a no pasar por alto incontables escenas de maltrato.


El título fue un reto para quienes tradujeron el libro al español. Prefirieron evadirlo, pues lo que nos llegó se llama Mi refugio y mi tormenta. Sin duda la traducción literal no hubiera atraído a muchos lectores, pero lo que hicieron pasa por alto la referencia a los Beatles, que sigue hasta la dedicatoria: For Mary Roy, Who never said Let It Be. En el camino entre el inglés y el español se perdieron el ritmo del verso y el recuerdo de esa canción reflexiva y triste, la alusión a una época, la importancia que tiene el cuarteto británico en la historia narrada por Arundhati Roy. Sobre todo, se pierde el despliegue de esa personalidad, que empieza con el título y sigue hasta una de las últimas secciones, donde se narra una conversación entre la madre ya muy vieja y su hija. En vez de decir “dale chance”, la señora toma una postura radical: “lo que de veras necesita este país es una revolución”.


(Es cierto: Mi refugio y mi tormenta es una traducción literal de fin del primer capítulo y es una definición de esta persona indefinible).


¿Tengo algún chance de algo que remotamente se parezca a la normalidad?, escribe la hija. Este libro surge del esfuerzo por entender a una mujer que, por ejemplo, habla del deseo de abortar el feto que algún día iba a escribir The God of Small Things. Tal vez no es lo más amable que una madre puede decirle a su hija, pero, ya en el mundo, convertida en una adulta independiente, en medio de una vida desbordante y creativa, Arundhati Roy ofrece distintas maneras de entender ese diálogo, aunque el entendimiento sea siempre tentativo, un punto de partida para otras preguntas sobre ella misma, sobre su país, sobre el mundo. El libro logra una tensión muy fructífera entre el recuento de la relación entre esa hija y esa madre, los valores que definen la maternidad modélica y los sentimientos y reflexiones de cada lectora invitada a indagar y reacomodar sus propias experiencias. Todas hemos sobrevivido a madres más o menos agobiadas por su distancia del ideal -y por las facturas a punto de vencerse, los conflictos familiares, las exigencias de jornadas dobles o triples, el anhelo de realizar otros proyectos, la cita con el médico, las noticias que saltan del periódico a la vida cotidiana, la misoginia ambiental, el racismo, el inminente colapso de…


Aquí vale la pena recordar que, además de ser una novelista reconocida en todo el mundo, actriz, arquitecta, guionista, Arundhati Roy se ha consagrado a criticar y resistir los acontecimientos que marcaron estas décadas, desde el ascenso de Narendra Modi y el deterioro de la opinión pública en la India, sometida a décadas de desinformación y propaganda, -un proceso que ella compara con la contaminación de un río-, hasta su capacidad de ser una voz crítica en momentos de crisis global, como la invasión de Afganistán por el ejército norteamericano o el genocidio que se comete en Gaza. Ha escrito libros y artículos sobre movimientos sociales con los que ha convivido, como la lucha de los pueblos que se opusieron a la construcción de la presa de Sardar Sarovar, sobre el río Narmada, o el movimiento por la independencia de Cachemira, o la guerrilla naxalita. Esta voluntad de vivir con los ojos abiertos también es inseparable de una fina sensibilidad a la violencia lanzada contra mujeres como Phoolan Devi, quien incursionó en política después de vivir como versión femenina de Robin Hood – Chucho El Roto – Malverde y fue asesinada a las puertas de su casa en 2001. A través de cada uno de estos asuntos, la escritora mantiene una sensibilidad muy alerta a cómo ser mujer incide y se entrelaza con otras formas de opresión.


Tal vez quien haya llegado hasta aquí se pregunte por el financiamiento de estas actividades, a lo que Roy respondería que el éxito de The God of Small Things la convirtió en The Hooker Who Won The Booker y, desde entonces, en una escritora cuyos libros se traducen y se venden en todo el mundo. Esto le permite una mirada muy aguda sobre las costumbres de las comunidades literarias, que al parecer tienen mucho en común en distintos lugares del globo. Antes que esperar premios, financiamientos, becas y canonizaciones, una escritora es alguien a quien le interesa el mundo, procura entenderlo y participar en él.


Esto lleva directamente a la vida de Mother Mary, Mrs. Roy, fundadora de una escuela experimental que busca formar niños y niñas conscientes de sus fortalezas y sus limitaciones, capacitados para intervenir en problemas ambientales y comunitarios, además de estudiar tanto en la lengua de la localidad, el malayalam, como en inglés, en edificios diseñados por Laurie Baker para integrarse con el entorno y crear espacios armónicos, donde se desdibuja el límite entre adentro y afuera. En el curso de esta pasión (porque la escuela fue su hija más deseada), Mary Roy se lanzó a una lucha contra las limitaciones legales que impedían a las mujeres de su comunidad heredar los bienes familiares y consiguió su derogación. Figura formidable acostumbrada a ser respetada, casi venerada por quienes la rodeaban, fue lectora asidua de su hija, su interlocutora, y, muchas veces, la guía que desde muy temprano le enseñó a darse cuenta de que cada vida personal sucede en las imbricaciones donde lo individual y lo público se entretejen, de desdibujan y se nutren (o se envenenan) mutuamente.

Narrar esas dos vidas (y tantas que se entretejen con ellas), sus abismos y sus hallazgos, sin perder de vista los latidos de un mundo donde sucede la música, se estrena una película, se ensaya un irreverente festival de fin de cursos o amorosamente se firma un divorcio, implica escribir desde un corazón vulnerable, vigoroso y parecido a un laberinto, donde a cada paso se abre la oportunidad de reír. Es el reto de escribir (y leer) como si en cada renglón estuviéramos vivas.


Hija de tigre, pintita, diría mi abuela. Y tal vez ese sería el mejor homenaje para las Roy.


Adriana González Mateos es doctora en Literatura Comparada por la Universidad de Nueva York y profesora investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México desde 2006. Ha publicado traducciones de poesía (Los danzantes del tiempo, en colaboración con Christopher Winks, UACM 2010, Premio Honorífico de Poesía José Lezama Lima 2011, Casa de las Américas; La música del desierto, de William Carlos Williams, en colaboración con Myriam Moscona, Aldus, 1996, Premio Nacional de Traducción de Poesía 1996), ensayos (Borges y Escher, Aldus, 1996, Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas 1996), cuentos (Cuentos para ciclistas y jinetes, Aldus 1995, Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 1995), crónicas (And then/Andenes. Crónicas DF/NY (UNAM 2015) y las novelas El lenguaje de las orquídeas (Tusquets 2007) y Otra máscara de Esperanza (Océano 2014).  

 
 
 

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