Notas sobre el taller y el derecho a la literatura
- Rafael Mondragon
- hace 4 días
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Por Raúl Aníbal Sánchez

“Todos los usos de la palabra para todos” me parece un buen lema, con un bonito sonido democrático. No porque todos seamos artistas, sino para que ninguno sea esclavo.
Gianni Rodari, Gramática de la fantasía
En general, lo que faltó de agresión sobró de buen humor. Las reuniones de taller eran esencialmente divertidas: las consignas, más bien percibidas como juegos, como desafíos, como ocasiones para juegos, para usar y admirar la gracia y el ingenio. Y reír, nos reíamos bastante
Mario Tobelem, Teoría y práctica de un taller de escritura
1.
Empecé un par de veces el siguiente texto, inicios desafortunados que, si bien explicaban un poco del ruido que dio origen a la urgencia de esta escritura, se alejaban cada vez más del punto central. La ironía requiere de ciertas digresiones, y de un tiempo a esta parte me cuesta escribir con plena sinceridad, sobre todo cuestiones que aborden lo “gremial”. Sin embargo, intentaré resumir todo aquello en una frase con glosa y pasaré después a los temas centrales: El taller literario no es sólo una herramienta para crear y mejorar escritores (lo que sea que este último sustantivo signifique). De hecho, es posible que en la gran cantidad de talleres que tenemos hoy día —además, ofertándose casi sincrónicamente—, los escritores sean una minoría de asistentes y aún sean menos los concurrentes que decidan tomar ese camino, ya sea de forma profesional, o como se ha dicho últimamente, asumiendo ese apostolado.
La aclaración no es en balde. Conozco este prejuicio porque buena parte de mi juventud he sido parte de él, no pienso curarme en salud. Aunque los hechos y la mera observación nos indiquen algo evidente, la petrificación de una idea es más que duradera. Incluso a nivel de memoria semántica y de comprensión, para quienes se dedican a la escritura de forma profesional o semiprofesional, el taller literario sólo puede estar relacionado con el campo de la Institución Literatura y su propio trabajo, es decir, una serie de procesos bien definidos que sostienen hoy día el concepto Escritor(a) Mexicano(a): Obra Maestra, publicación, editoriales, revistas, subvenciones, residencias, reconocimiento entre pares, etc. Tal es la persistencia de ese constructo que ni siquiera es extraño que escritores que han dado talleres para infancias o en centros penitenciarios, olviden por completo su propia experiencia ante el calor de una polémica sobre el taller literario. Ahí está el peso de la tradición institucional, actuando de formas misteriosas.
El origen de estas notas ya no viene al caso mentarlo, la polémica se ha diluido y lo que escribo ha adquirido cierta independencia mientras crece. Sólo quiero decir que frente a esa visión de túnel descrita en el párrafo anterior, me gustaría sostener una posición no necesariamente contraria, pero acaso más democrática. Los talleres literarios sirven para que la gente que asiste a ellos pueda reconocer, comprender y escribir textos de forma “literaria”, sin importar las intenciones ulteriores respecto su vocación y sin condenarse a un penoso apostolado en la tierra de nadie de la literatura mexicana.
Entiéndase que esto que propongo no será una clase de Lectura y Redacción. El taller hace algo que la educación básica no, o en todo caso, que hace tiempo ha desistido de hacer. Entrecomillo la palabra “literatura” ya que, por lo general, la definición del término es un dolor de cabeza teórico para todos y emocional para algunos. Pero es posible enfrentar la idea de una forma sencilla —y sencillo debe ser el taller— cuando señalamos algunos componentes aislados de la inasible literaturidad. Esos mecanismos son muchos, pero no son necesariamente lejanos para su comprensión: la creación de narraciones, argumentos, tramas, el uso estético del lenguaje, el ritmo, la descripción, la alteración, imitación o juego de discursos no literarios, el uso de la retórica y la metáfora, la función poética, el extrañamiento, la comprensión estructural e histórica de los géneros literarios, la tradición de lo ya considerado literario, y una larga enumeración que haría padecer migrañas a Roman Jakobson y Jonathan Culler, pero que no es importante abarcar del todo ni en el taller ni en este texto. La narración y la poesía son un viejo instinto de la lengua, el taller solo debe despertarlo a través de nombrar y reconocer las herramientas, para después ponerlas en juego.
2.
El taller literario como tal tendrá orígenes, si no precisos, por lo menos calculables. La escritura literaria y lúdica, el facilitador, los ejercicios, la lectura conjunta de textos, la lectura conjunta de lo producido, etc., tiene que ver con acercamientos experimentales a la producción del texto literario, debidos primeramente a las vanguardias y eventualmente a estrategias pedagógicas aplicadas en todo tipo de entornos. De grandes a chicos, a partir de los años sesenta del siglo XX, el taller literario pudo volverse una asignatura universitaria, un círculo obrero, una materia de primaria o hasta una forma de terapia grupal para colectivos en situaciones traumáticas. Ese doble origen nos ofrece una simpática paradoja: nació para destruir la idea de autor, pero se ha usado con la consigna de que cualquiera puede hacer texto literario. A esta vertiente pertenecen experimentos tan restrictivos como el Taller de Literatura Potencial de Raymond Queneau, experiencias tan libres como los Encuentros con la Fantástica de Gianni Rodari, o tan liberadoras como el Grupo Graffein de Mario Tobelem.
Tampoco quiero hacer de este texto una colección de citas y de fechas, sin embargo, algo en mí insiste en deshacer un poco la madeja en la que estamos enredados. Es bueno aclarar, por ejemplo, que las reuniones entre escritores para leer y comentar sus textos han existido desde hace mucho, pero mucho tiempo. Antes se les llamaba tertulias, y tampoco era extraño que hubiese un guía o alguien de cierta edad o renombre, por lo menos entre los asistentes, que mediase las participaciones, los comentarios y recomendaciones. No es muy diferente de lo que se realizó y realiza históricamente en los lugares en efecto dedicados a “producir” escritores, desde el desaparecido Centro Mexicano de Escritores, hasta las sesiones de trabajo de instituciones como el Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales o la Fundación para las Letras Mexicanas, así como sus infinitos émulos regionales y privados. La calificación de taller provendrá aquí de un cierto aire profesionalizante, más que experimental. Como los usos crean significados, concedamos que esto también será un taller literario, pero admitamos que convive con acepciones igual o más licitas.
3.
Hagamos un ejercicio de imaginación.
En una pequeña ciudad del norte de México —alejada del centro del país y que, a su vez, no es ni capital estatal ni frontera con Estados Unidos—, una escritora o escritor ofrece un taller literario. Los asistentes que responden a la oferta son variopintos: una muchacha de la preparatoria técnica local, un adolescente gótico que se ha convencido debe plasmar sus agitados sentimientos, una mujer de 70 años que ha leído toda la vida, pero nunca se ha animado a escribir, un comerciante retirado, un locutor de noticias radiofónicas, una escritora en ciernes que ha comenzado a publicar en revistas nacionales, una pareja de trabajadores administrativos del municipio, un viejo normalista, una abogada mercantil, etc. Todos llegan con sus propias ideas y lo que les han dicho debe ser la literatura: algo imposible de aprender, algo sólo realizado por genios de amplias frentes y miradas profundas.
Cada semana los asistentes leen textos en sus casas, luego se reúnen en un aula de usos múltiples del instituto cultural del municipio. Ahí reseñan lo leído, intercambian impresiones, se habla de técnicas, de temas, de argumentos y estilo; luego escriben por consignas o, si ha habido suerte, muestran lo que han escrito en sus hogares. Se comentan entre ellos, se corrigen la redacción, se charla sobre parecidos, reminiscencias y originalidades, se recomiendan lecturas. Muchas veces, al finalizar la sesión, continúan la conversación en la casa de alguno de ellos, llevan alimentos, bebidas, celebran un cumpleaños. De la literatura pasan a la vida, el trabajo, los hijos, el futuro y el pasado. ¿Qué ha unido a esta gente? ¿Cómo podrían encontrarse de otro modo? ¿La literatura es un pretexto, o sigue siendo algo más?
4.
Otro ejercicio.
Una de las asistentes atiende una cafetería propia. Mantenerla a flote es difícil, pero se siente orgullosa de haberlo logrado y ama lo que hace. Escribe con frecuencia en su libreta, aunque pocas veces se anima a compartir el resultado. Esa semana han leído textos sobre la infancia, uno de Isaak Babel y otro de José Emilio Pacheco; el facilitador quiere mostrarles cómo funciona un relato de formación. La consigna consiste en crear un personaje y describir su entorno como si fuera la totalidad del mundo: familia, escuela, amistades, hábitos. El personaje debe tener una fijación: ser el mejor de la clase, ganar el amor de alguien, convertirse en campeón de League of Legends; cualquier deseo sirve. Después llega el conflicto: el mundo tal como es, el choque con las normas y con aquello que queda fuera del núcleo inicial, la futilidad de las aspiraciones o la imposibilidad de cumplirlas. La asistente escribe entonces la historia de una chica que siempre quiso tener una papelería: dobló turnos y aceptó trabajos temporales para equiparla. Un pequeño negocio tarda mucho en recuperar la inversión, pero eso es lo que el personaje ha querido desde siempre: ser la chica de los plumones. Una tarde, en el contexto de violencia general del país y del aumento de crímenes del fuero común en 2008, la papelería es asaltada. Es un asalto torpe y extraño, aunque no por ello menos violento, pues incluye la amenaza de una pistola. De un modo u otro, aquello acaba con los sueños del personaje, ya no puede sentirse segura y decide volver a un trabajo asalariado.
La asistente empieza a leer, pero pronto se detiene: tiene un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas. Le pide a una amiga que continúe; ella toma la hoja y lee en voz alta hasta el final. El texto no está escrito como lo habría hecho José Emilio Pacheco, pero todos perciben que algo ha ocurrido en esa historia. “Nunca había contado esto a nadie”, dice después, con bastante entereza, aunque los demás hablan manteniendo el supuesto de que el relato es una ficción creada ahí mismo. Los comentarios son amables, aunque también hay correcciones. “Se trata de que la historia funcione sin tropiezos”, dicen algunos. Otros piensan que podría haber más detalles sobre la personaje, que hay descripciones y guiños que la acercarán más a los lectores hipotéticos. Al final, muchos le agradecen haber compartido el texto. Ella empieza a hacer anotaciones alrededor de la página, con algo parecido a una sonrisa. Ahora de verdad le importa que lo narrado funcione como se supone que debe funcionar una narración. Le han dicho que esa historia debe contarse. ¿Qué operación han realizado aquí la exigencia del argumento y la estructura del relato sobre el dolor del recuerdo y la imposibilidad de nombrarlo?
Habrá tantos ejemplos como talleres. Mientras escribo, un muchacho intenta ordenar en un taller de poesía en línea los sentimientos contradictorios que le dejó la muerte de su madre. En otro lugar, alguien imagina un futuro distópico donde México ha desaparecido, y sus descendientes conviven con robots como trabajadores en la cocina de un enorme McDonald’s continental. Esa persona ríe al escribir: disfruta los pormenores y el andamiaje del relato, aunque nos advierta de un mundo terrible. Más allá, un matrimonio de décadas, ya jubilado, decide probar esas experiencias culturales que el trabajo siempre les postergó. Bromean mientras escriben, se vuelven cómplices y descubren una reserva de ingenio que desconocían el uno del otro.
5.
Yo estudié —más mal que bien— una carrera llamada Creación Literaria, un experimento pedagógico que, con todos sus asegunes, supone que cualquiera que la curse puede producir textos complejos, de estructura reconocible y con un lenguaje que se tenga a sí mismo como principal fin. Textos inscritos en uno o varios géneros literarios o, al menos, atravesados por una intención claramente literaria. No hablo aquí de lo que algunos llaman Gran Arte, ni de la fabricación de genios, sino de algo más modesto y, por eso mismo, más urgente: la apropiación, por parte del populacho —entre el que me cuento—, de las herramientas técnicas que permiten escribir lo mismo un pastiche de la Ilíada que un Libro Vaquero, con la conciencia de lo que se realiza.
Tal vez por eso creo que la discusión sobre si se puede o no enseñar a escribir es en realidad superflua. Esa discusión mistificante se ha realizado sobre todas las artes, y siempre habrá quien asegure que no se puede enseñar a pintar, a actuar, a bailar, entendiendo estos infinitivos como enunciados superlativos que trascienden el uso cotidiano de sus verbos, desplegados sobre el mundo de forma correcta sólo por ciertos seres especialmente dotados. Sin embargo, sólo hay dos respuestas posibles (si se puede, no se puede) y ninguna de las consecuencias de esas respuestas contradice el principio de la enseñanza y la transferencia de saberes.
Más importante que todo esto: el lenguaje no le pertenece a nadie. El lenguaje es un patrimonio colectivo, de uso común y de naturaleza indómita. Su función principal es construir puentes y ser un territorio viviente y democrático. La literatura sólo puede estar construida con esa materia, la literatura pertenece al lenguaje y el lenguaje pertenece a la humanidad entera. Lo que Gianni Rodari llama Palabra es un amplio espectro de posibilidades del lenguaje, desde eso que te permite enviar un WhatsApp, reconocer una dirección o entender un contrato, hasta aquello que te permite referir una historia y el impulso ordenador de esas historias que llamamos argumento narrativo. La Palabra no es sólo la voz y la grafía, sino sus múltiples usos, combinaciones, registros, reglas, estructuras, etc.
Nuestra misma identidad depende de esas facultades. Basta reflexionar un poco para darse cuenta que los acontecimientos, como se presentan en el mundo, no tienen orden, sentido, origen ni prospecto. Sin el argumento, los hechos y las cosas brotarían del azar. La humanidad cuenta su propia historia para prevenir el futuro, sostener la unidad del presente y dar sentido al pasado. La literatura muchas veces también será la exaltación de esta cualidad aislada, ya no referida al mundo sino a la posibilidad del mundo. De ese modo, contar historias todavía nos permite imaginar mundos diferentes y potencias ocultas, reunir sentidos desperdigados que soporten el día a día.
6.
Pongamos orden a todo esto. Cuando los escritores conciben la literatura como una materia sublime e inaccesible, dejan escapar parte de su belleza. La trascendencia de la experiencia estética quizá sea más cercana y evidente de lo que alcanzan a admitir. Si la literatura importa no es porque prometa convertir a cada lector o a cada asistente en autor consagrado, sino porque abre una zona de libertad indispensable: la posibilidad de nombrar, ordenar, imaginar y discutir la experiencia propia y común. Por su potencia para ensanchar la vida interior, por sus facultades para reunir memoria, deseo, crítica y porvenir, la literatura no debería pensarse como adorno, privilegio o adiestramiento para unos cuantos, sino como un derecho humano: una forma de acceso pleno a la palabra y, por lo tanto, a la dignidad de participar en el mundo.
En lugar de darnos estas herramientas, las han quitado de los programas y las han vaciado en los modelos de texto generativo. No me interesa sonar apocalíptico, pero sí puedo expresar tristeza por ello. El proceso mental de lo literario es necesariamente diferente, nos obliga considerar el aparato estético de nuestra propia lengua y al mismo tiempo, nos compele a revisar nuestra propia experiencia vital y nos protege de la retórica y la metáfora fácil, que tanto estrago hace en toda clase de discusiones políticas. El taller literario, entonces, no es únicamente una antesala de la publicación ni una fábrica de prestigios posibles; es la estancia donde esa potencia se entrega a todos los usos de la palabra. Allí se prueba, se equivoca, se corrige, se juega, se escucha y se vuelve a intentar. Allí la lengua común deja de ser sólo instrumento de obediencia, trámite o supervivencia, y se convierte en materia compartida para pensar mejor, recordar de otro modo, acompañar el dolor, inventar futuros y reconocer que nadie debería quedar fuera de esa conversación.
7.
Por supuesto, en todas partes se cuecen genios. Alguien, quizá incluso en un taller (cosas más extrañas han pasado), brillará con la luz de Aurora. Los apóstoles seguirán su camino de Damasco y la posteridad tendrá laureles y verduras suficientes para coronar frentes adustas. Las editoriales se hincharán y desaparecerán y los premios encontrarán sus manos, merecidos o inmerecidos. Por fortuna, esto quiere decir que la literatura no se resentirá por un mal cuento, un mal poema, ni por veinte millones de ellos; incluso podría decidir, como no sería raro, que uno de esos textos era bueno, o incluso genial. Nada de eso importa tanto como la palabra.



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