De lo que significa “CGH” en mi semblanza o de como el 299 nunca será mi número de la suerte
Por Diana del Ángel

En 1999 junto a miles de estudiantes sostuve una huelga en la UNAM, la más larga, la más vilipendiada, la menos reconocida hasta ahora. “Educación primero, al hijo del obrero, educación después al hijo del burgués”, era una de nuestras consignas. Con todos los errores cometidos –sobre los que ya he escrito antes–, con todo y la represión federal –1000 presos y más de 400 órdenes de aprehensión muchas de ellas a niñas y niños menores de 18 años– esa huelga mantuvo la gratuidad de la educación. Todo lo gratuito que algo pueda ser en el neoliberalismo. Juan Ramón de la Fuente legitimó la entrada de la PFP con un plebiscito, luego recibió un premio a la defensa de la educación pública.
He escrito poco al respecto. Hay historias que tardan tiempo en acomodarse o en distinguirse de otras. Este fue mi caso. Quizá por eso, lo primero que escribí sobre esta historia tiene que ver con uno de sus lados oscuros: las prácticas machistas al interior de colectivos de izquierda. Sin embargo, hubo también sus lados muy luminosos. Empiezo ahora un intento por esclarecerlos, al menos para mí. Algo que también me ha animado es la reciente aparición de libros, como el de José Arreola –Días y vidas de amor y de huelga. Estampas sobre el movimiento estudiantil de 1999-2000 en la UNAM (2026) –, que insisten en la tarea de recordar y de reconocer lo que significó esa lucha, una de las últimas del siglo XX.
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A finales de 1998, 5 estudiantes de la Escuela Nacional Preparatoria 4 formamos un pequeño colectivo con la intención de crear talleres culturales, porque en ese entonces no había una oferta cultural extracurricular –desde luego se impartían las materias de estética– en la escuela. La única seudorganización estudiantil en ese entonces era la UVA, un grupo porril, apoyado por las autoridades del plantel. Hicimos talleres de sexualidad, de creación literaria y de guitarra. Al poco tiempo, nos enteramos de la reforma al Reglamento General de Pagos. Comenzamos a coordinarnos con colectivos de otras escuelas. Asistimos a un taller en la Torre de Humanidades II con profesores pertenecientes a la Comisión Trinacional por la Educación, estudiamos cómo había sido el proceso de privatización educativo en Chile, que es el modelo neoliberal educativo por excelencia en América Latina. No poca gente se sorprende cuando cuento esta parte previa al estallamiento de la huelga. ¿De verdad se creyeron el cuento de los medios de comunicación de que un día nos levantamos sin ganas de estudiar y cerramos la escuela?
Sabíamos que la implementación de un nuevo Reglamento General de Pagos era el comienzo para que los estudiantes pidieran créditos para poder estudiar la universidad. Estábamos en contra de que la educación se convierta en una mercancía y actuamos en consecuencia. Entonces como ahora, me parece inconcebible que en un país como el nuestro la educación no sea un derecho para todas y todos. Entonces como ahora, haría lo que fuera necesario para mantener abierta la posibilidad de que los hijos e hijas del obrero accedan a una educación universitaria pública y gratuita. Al pequeño colectivo se sumaron más compañeros, juntos difundimos información sobre el RGP, organizamos asambleas y consultas, sostuvimos esa lucha que no era solo para nosotros, de hecho, no era para nosotros.
Algo que no se menciona suficiente, es que en la propuesta del RGP de 1998 se decía que los estudiantes de la generación de ese año no tendrían que pagar cuotas, es decir, para mí y mi generación la universidad habría seguido siendo “gratuita”. Desde luego no había garantías de que esa promesa se fuera a sostener en el tiempo, pero pongamos que sí, que en efecto yo no hubiera tenido que pagar por estudiar en la universidad. ¿Pero y mis hermanos? ¿Y los que vendrían después? La lucha también es una cuestión de generosidad. Organizarse requiere de mucha esperanza en el futuro.
Me falta mucho por escribir sobre lo que fue el proceso de la huelga desde donde lo viví. Pero por ahora quisiera hablar de la relación que tuvimos con los profesores, los adultos de entonces. En mi preparatoria solo una profesora nos apoyó, era muy joven y era profesora de asignatura, es decir, no tenía un contrato definitivo, es decir, era vulnerable. Al reiniciar las clases no le asignaron grupos y después de un hostigamiento laboral constante tuvo que dejar la escuela. Algo que pensaba mucho en esa época era en el desamparo en que nos dejaba el mundo adulto, el mundo de los profesores, que eran los primeros en repetir, no sé si por convicción o mera inercia, el relato que los medios de comunicación habían hecho de nosotros: pandrosos, flojos, mariguanos, malos estudiantes, fósiles.
Ahora que soy profesora lo que me asusta es escuchar a no pocos colegas hablar así de sus estudiantes, decir que sus luchas no tienen sentido, que no luchan por cosas importantes. Y me pregunto si no es más bien que son ellos los que no tienen la capacidad de encontrar sentido por falta de empatía o es que no se dan cuenta de que los que no tienen sentido dentro de esas luchas son ellos mismos. En 1999, mientras estábamos todavía en la organización de la consulta, un compañero tuvo una conversación con una profesora que estaba muy preocupada por su reconocimiento, mi compañero le dijo: usted se preocupa por su pasado, yo me estoy jugando mi futuro. Los adultos son eso: personas preocupadas por el pasado, porque no ven un futuro delante de ellos. No todos, desde luego, pero sí muchos de los que tienen puestos de poder.
En 1999 no había internet, es decir, el flujo de información era poco, pero tampoco era imposible leer los estudios sobre educación y neoliberalismo, sin embargo muchos de mis profesores decidieron no hacerlo. Hoy el flujo de información está ahí, pero también mucha gente prefiere no enterarse, como si con ello los problemas se acabaron.
Decidí incorporar en mi semblanza que fui parte del Consejo General de Huelga del 99, después de una charla con exhuelguistas. Hablábamos de la importancia de reconocer, aunque fuera con gestos mínimos, esa lucha de la que fuimos parte. Cuando se reiniciaron las clases cargábamos con el estigma de haber sido “paristas” y eso, gracias a la mala propaganda que nos hicieron en los medios era casi como decir ignorantes, desmadrosos, sucios, flojos –en ese entonces estaba en desuso el peor de todos: comunistas–. Entonces pensaba que la única manera de hacer frente a ese discurso deslegitimador era ser buena estudiante. Pienso que poner CGH en mi semblanza, junto al resto de mi trabajo realizado, sigue siendo una forma de refrendar esos principios que me llevaron a sumarme a ese proceso de organización y la lucha derivada de ello.
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Desde hace poco comencé a dar una clase en la Facultad de Filosofía y Letras y me ha dado la impresión de que la mayor cantidad del estudiantado actual de la UNAM se parece más al hijo del burgués que al hijo del obrero. No tengo nada en contra de los hijos del burgués, todos ellos merecen una educación laica, científica y gratuita, al igual que los hijos de los obreros, pero unos tienen las ventajas dadas por el racismo, el clasismo y el patriarcado y los otros, las desventajas. La mayoría de los que sostuvimos la huelga éramos más como los hijos del obrero. No he podido evitar sentir cierta decepción por ello. No por la huelga, desde luego, sino por la universidad y la sociedad que hemos construido. Desde luego estoy consciente y celebro el proyecto de la Universidad Rosario Castellanos que justo recibe a estudiantes que han sido sistemáticamente marginados, pero se trata de un proyecto que apenas comienza a rendir frutos.
Una vez un joven académico me externó su lamento porque él decía que su reciente contratación como investigador en un Instituto cerraba las puertas a personas como yo. Me sentí incómoda ante tal comentario, pero no supe qué responderle. No hay muchos espacios o protocolos sociales para hablar de las desigualdades sistémicas desde un ámbito íntimo que no suene a reclamo, victimización o autocompasión. Al menos no la había encontrado hasta ese momento y tampoco depende de mí, quiero decir, no depende de una persona. Lo cierto es que el asunto no se limita a restituir a una o dos personas, sino de encontrar los mecanismos para que esas desigualdades se acorten y desaparezcan a nivel social.
Intento recordar cómo fue nuestro proceso organizativo a finales de 1998 y buena parte del 99. Tan solo éramos adolescentes –porque el grueso del estudiantado que sostuvo la huelga era del CCH y de las 9 Preparatorias– con poca experiencia política, lo cual nos llevó a cometer errores como las largas asambleas –algunas duraron 24 horas– o a no saber hacer política cuando los diálogos de Minería. Sin embargo, nos sostuvimos y con ello logramos detener una reforma educativa neoliberal.
He pensado en esto, a propósito de la indignación profunda que siento ante la ofensiva en contra de las humanidades que requiere, para la apertura de ciertas carreras en la UNAM, un número mínino de alumnos inscritos. La respuesta institucional fue, al menos en redes sociales, iniciar una campaña de videos promocionales sobre los beneficios de estudiar letras francesas, alemanas e italianas que son las carreras en riesgo. ¿De verdad esa es la respuesta institucional? ¿Qué vendrá después? ¿Reuniones para preguntarnos como fortalecer la marca Humanidades? ¿Someterse al oprobio de la mercadotecnia en lugar de cuestionar esa política reduccionista y antihumanista basada en criterios mercantiles y económicos? ¿No tendríamos algo más que ofrecer como comunidad universitaria? ¿El nivel de creatividad se reduce a la producción de videos para redes sociales?
Cuando estaba en la huelga y me daba cuenta de los errores que estábamos cometiendo, me consolaba pensando que el aprendizaje venía con los años. Pero la organización para cambiar las cosas no tiene que ver con madurez ni con poder de decisión, ni con tener una posición desahogada, sino con la voluntad, con generosidad y esperanza en el futuro.
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El 6 de febrero del 2000, cuando entró la Policía Federal Preventiva a Ciudad Universitaria y al resto de las escuelas de la UNAM, yo había ido a casa de mis padres a bañarme. Fue mi papá quien me avisó que en la televisión estaban transmitiendo en vivo la detención de mis compañeros. Eran las 6 de la mañana del primer domingo de ese primer febrero del siglo XXI. Al mismo tiempo, en varios periódicos de circulación nacional se publicaron los nombres de 432 estudiantes para los que se había girado orden de aprehensión por sabotaje, terrorismo y daño en propiedad federal. En algunos casos los nombres de mis compañeros aparecían mal, pero el mío no. Allí estaban mis dos nombres y mis dos apellidos después del número 299.



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